Glen Gould, en llegando a un grado de prestigio próximo al de Dios, decidió no tocar más en público. Le parecía que a la perfección a la que aspiraba solo se podía acercar por medio de grabaciones en las que se podía repetir un pasaje tantas veces como quisiera hasta sentirse plenamente satisfecho. No es de extrañar que los técnicos de sonido que colaboraban con él acabasen hasta los mismísimos. Claro, la diferencia de sensibilidad que le separaba de ellos era abismal. Y más que, Glen, que era un neurótico profundo, andaba siempre hasta el culo de pastillas, que ya saben lo que eso agudiza las dotes perceptivas. En fin, son cosas de los genios que hay que aceptar de buena gana porque, lo que cuenta, son los resultados, que, en el caso de Glen son, por así decirlo, la cúspide de la interpretación de Bach... más o menos como Salamanca viene a ser la cúspide del plateresco. Y perdonen la disquisición.
Sea como sea, a mí lo que realmente me gusta es verle interpretar. Me parece un espectáculo irrepetible. Todo su cuerpo participa de las evoluciones armónicas que se trae entre manos. Da la sensación de que su concentración le eleva muy por encima del mundo terrenal. Es decir, como que no es de este mundo. En fin, son cosas que produce la naturaleza por puro capricho para que los humanos tengamos motivos de maravillamiento.
El caso es que uno anda siempre con estas cosas del maravillamiento por medio de las interpretaciones musicales. Lo mismo puede ser Ksenija Sidorova con el acordeón que Cande acompañando su canto con el contrabajo. Por no hablar de la facilidad casi obscena con la que Yamandu trastea su guitarra de siete cuerdas. La lista sería interminable, pero no quiero dejarlo aquí sin mencionar a la guitarrista Sara Guerrero; lo mismo que con Glen, la intensidad del escucharla se multiplica viéndola interpretar. Su cuerpo, su expresión facial, dan testimonio de las progresiones armónicas que ejecuta con sus dedos. Es un fenómeno de la naturaleza porque, de lo contrario, es imposible entender que a los veintiséis años pueda, no solo retener todo ese repertorio en la cabeza sino, también, interpretarle con ese grado de musicalidad tan personal y perfecto diría yo.
Y mientras tanto siguen las procesiones. Ayer, cuando encendí la tele para ver qué película del oeste estaban poniendo, me encontré con una procesión por las calles de Zamora que, por cierto, es la ciudad donde nació Sara. Me quedé enganchado unos minutos porque tengo un cariño especial a esa ciudad -llegué a ella muchas veces en bicicleta-. El caso es que allí estaba un tipo explicando las procesiones al modo que Perico Delgado explica el Tour. ¡Socialistas en acción! No pueden tolerar que nos hagamos nuestra propia idea de lo que vemos. ¡Por Dios bendito, qué plaga!
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