jueves, 11 de diciembre de 2025

En bandolera


Los jóvenes, y las jóvenas, que decía Don Emilio, el párroco de mi pueblo, suelen ir por las calles de las ciudades de Israel con una metralleta en bandolera. Es algo completamente natural. No les afecta para nada en sus comportamientos. Es simplemente que están haciendo el servicio militar y la norma les exige no abandonar su arma ni para dormir. Un país bien curioso; ¿se imaginan lo que sería aquí, en Europa, un servicio militar de tres años? Para ellos y para ellas. ¡Toma feminismo! Tres años y luego pasar a la reserva durante no sé cuántos otros, que es como estar en activo, siempre con la metralleta a mano por si hay que entrar en acción. Y es que hay mucha gente por el mundo que no les puede ni ver. Y no es para menos. ¿Saben ustedes que de las quinientas empresas tecnológicas más importantes que hay en el mundo, setenta al menos están en Israel? ¿Cómo para no envidiarles? ¡Si no son ni diez millones de personas! 

A parte de esos diez, hay otros cinco o diez, que no sé, repartidos por el mundo. Una cantidad ridícula en cualquier caso, lo que no es óbice para que el veinticinco por ciento de los Premios Nobel que ha habido a lo largo de la historia hayan sido judíos, Un dato que, cuanto menos, debiera hacer pensar en el porqué de las cosas. Porque por algo tiene que ser, indudablemente, ya que nada cae del cielo. 

El caso es que una gran parte del mundo, ante esa sorprendente curiosidad, no reacciona con admiración, sino con todo tipo de sentimientos negativos. Vienen siendo los malos de la película desde tiempos inmemoriales. Mi admirado Baroja no perdía ocasión de tachar de judío a cualquier ser despreciable. Por no hablar del caso Dreyfus que puso a toda Francia al borde del colapso hacia los finales del siglo XIX. Es un clásico, salir corriendo detrás de los judíos para darles su merecido. 

No es extraño en cualquier caso que el inventor del psicoanálisis fuese judío. Porque por fuerza tiene que haber mucha patología psicológica en esa actitud de rechazo. Claro que tampoco hay mucho nuevo al respecto: envidiar y odiar al que se dedica a sus asuntos y le va bien es algo que vienen usando como consuelo desde la noche de los tiempos todos los fracasados, o sea, la inmensa mayoría de los mortales. Porque, de no estar carcomido por el rencor que produce el fracaso, lo normal, digo yo, sería querer enterarse de las causas o motivos por los que esa gente tan peculiar consigue hacer tantas cosas sorprendentes. 

Personalmente, no me identifico con ninguna ideología, religión, ni cualquiera de esas cosas que la gente suele usar a modo de muleta para poder sostenerse mientras camina por la vida, pero, si, por lo que fuere, me viese obligado a decantarme lo más probable es que lo hiciese por el judaísmo... me encantaría poder salir por ahí con mi novia llevando los dos una metralleta en bandolera.  

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