Sigo con el tema judío porque desde mi muy limitada perspectiva lo considero de vital importancia para tratar de encontrar un poco de luz en este batiburrillo que han sido y son las interrelaciones entre los humanos. Así es que he decidido volver a Flavio Josefo en busca de alguna posible iluminación.
Flavio Josefo es un historiador judío que vivió en los comienzos de lo que se conoce como era cristiana. Él estuvo, como general de las tropas judías, en aquellos enfrentamientos con los romanos que a la postre llevaron a la destrucción del templo y la diáspora judía que duro hasta la implantación a mediados del siglo pasado del nuevo estado judío. De hecho, Flavio fue hecho prisionero y llevado Roma, en donde, primero Vespasiano y luego su hijo Tito, pusieron buen cuidado en no perderle de vista. Y es que los judíos eran un grano en el culo del imperio y había que tener cuidado de que una vez drenado el pus no se volviese a reactivar. Pero, por otra parte, los romanos, como siempre pasó con los grandes imperios, tenían un especial olfato para detectar la inteligencia allí donde se diese. Y por eso fue que no tardaron en percatarse de las grandes dotes como historiador que tenía Flavio, dado lo cual, le permitió a éste moverse por los ambientes selectos del imperio. Así es que, entre unas cosas y otras, nos pudo dejar un relato de los acontecimientos contados en primera persona, como testigo presencial.
Una de las primeras cosas que trata de aclararnos Flavio en su autobiografía -en realidad es un dietario en el que trata temas esenciales para la comprensión del fenómeno judío-, es algo que a mí siempre me había chocado mucho y lo había comentado largo y tendido en mis conversaciones con amigos: ¿por qué, nos preguntábamos, los historiadores griegos, empezando por Heródoto, no dicen una palabra a propósito del pueblo judío? Así, a breves rasgos, dice Flavio que la causa de eso es que los judíos eran un pueblo de interior que, ni navegaba, ni se dedicaba al comercio, dado lo cual era muy improbable que hubiesen podido tener algún tipo de relación con los griegos. Es el mismo caso que el de Roma, que también era una ciudad de interior, y de la que Heródoto no dice nada a pesar de que por su época los romanos ya habían hecho grandes hazañas por toda la península itálica. En definitiva, Flavio sostiene que los tenidos por historiadores griegos en realidad eran literatos y, como tales, estaban más interesados en la forma del relato que en la veracidad del mismo.
En cualquier caso, prosigue, el pueblo judío es uno de los tres que desde tiempo inmemorial dejó constancia por escrito de su historia. Los otros dos fueron los egipcios y los babilónicos. En Egipto se encargaron los sacerdotes de esa tarea y, en Babilonia, los caldeos, que eran una casta intelectual seguramente depositaria de todo el saber sumerio y acadio. Los judíos, también delegaron en la casta sacerdotal esa tarea por considerarla sagrada. Sin duda, ellos intuían que nada da tanta identidad, o solidez, a una comunidad humana, como compartir una historia que se pierde en la noche de los tiempos. Por eso pusieron tanto cuidado en ello y por eso fue que tengamos hoy la Biblia, un libro en el que ya poco nos importa separar lo mítico de lo real porque todo tiene un componente simbólico tan elevado que nunca deja de iluminarnos lo mires por donde la mires.
Escribe Flavio: "Nuestras ciudades están construidas lejos del mar, cultivamos el fértil país que habitamos, ponemos por encima de todo el cuidado en la educación de nuestros hijos y consideramos que guardar las leyes y la religiosidad que se nos ha trasmitido conforme a las mismas es la obra más necesaria de toda la vida."
Un párrafo que es como para lloguer cadiras, que diría un catalán. O sea, alquilar una silla, sentarse en ella y ponerse a contemplarlo con tranquilidad. ¿Qué quiere decir poner por encima de todo el cuidado en la educación de los hijos? ¿Qué significa que la religiosidad trasmitida sea conforme a las leyes?
Imagínense el choque cultural que eso supone con una sociedad que tiene por uno de sus mayores logros el delegar la educación de sus hijos en un ente mafioso como es el Estado. Y una religiosidad a la medida de los entes no menos mafiosos que son las Iglesias. Entes ambos, que so capa de promover el bien común no tiene otra finalidad que la de perpetuar el poder de unas castas extractoras. ¿Para qué va educar, entonces, el Estado si no es para la obediencia y ausencia de cualquier atisbo de espíritu crítico? ¿Qué religiosidad van a promover las iglesias si no es la que le convenga al Estado que las financia? O sea, en lo que estamos. Y hemos estado... poniendo a parir de palabra y obra a los judíos como forma de autoafirmarnos en nuestra suicida estupidez.
Continuará.
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