Me mandan unos enlaces en los que se informa sobre una peste porcina que, por lo visto, está asolando la cabaña catalana. Se sospecha que la causa puede ser un virus escapado de un laboratorio. ¡Vaya por Dios, se ve que las fugas de virus están de moda! Bueno, una fuga o liberación intencionada. He vivido en Cataluña, justo en el lugar donde confluyen tres provincias -Lérida, Barcelona y Tarragona-. Era una aldea encaramada en una pequeña colina cónica desde la que se dominaban extensas masas forestales. El lugar no podía ser más bello desde el punto de vista paisajístico... pero -los perinquinosos peros de Gracián- tenía un inconveniente que lo hacía invivible para cualquiera con una pituitaria medianamente sensible; era tal la cantidad de granjas aviares y porcinas que había por los alrededores que uno vivía a merced de los vientos: el día que soplaba de forma inadecuada no había cristiano que pudiese parar allí por mucho que se encerrase en casa. Y no te digo, ya, nada, si tocaba arrojar los purines -mierda de cerdo- en cualquier cultivo de los que había a los pies de la aldea; entonces, solo quedaba largarse.
Claro, los catalanes, en su insaciable afán de hacer de las piedras panes, dieron con el negocio de los cerdos y no le pusieron tasa ni límite. ¡Era tan fácil y rentable! Solo había que tener un terreno e ir al banco a pedir un préstamo. En cuatro días ya estabas produciendo purines por un tubo y, de paso, llenando la butxaca de diners. ¡Para qué quieres más! Con la butxaca plena de diners todo huele a rosas.
Bueno, a esto es a lo que hemos dado en llamar progreso: producción a destajo para que todo el mundo se quede, no digo ya sin hambre, sino ahíto, a reventar al ser posible. Y, de hecho, es lo que suele acabar pasando en estos casos, que se revienta por prescripción divina.
En fin, ¡y qué le vamos a hacer si estamos hechos así! No nos podemos resistir a una buena racha y, en vez de parar para tomar aliento, continuamos corriendo hasta que nos da un patatús. Así que no es de extrañar que por toda la ciudad haya unos aparatos colgados en las paredes con un letrero que dice: espacio cardioprotegido. Claro, esperando el inevitable patatús. Tenemos soluciones para todo.
En cualquier caso, ahí están las dehesas salmantinas y extremeñas por donde retozan piaras de cerdos dichosos. Son residuos de un mundo que mucha gente añora. Pero, claro, para que vuelva, primero se tienen que morir unos cuantos miles de millones de personas... todo se andará, por prescripción divina también.
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