martes, 2 de diciembre de 2025

Vellido Dolfos, hijo de Dolfos Vellido

Como ya les conté, cuando el rey Sancho de Castilla decide quitar a sus hermanos la herencia que les había dejado su padre, el Cid le advierte que nunca se logran hijos que quiebran la palabra de su padre. No había pasado mucho tiempo de aquella advertencia cuando, estado Sancho en trance de quitarle Zamora a su hermana Urraca, el traidor Vellido Dolfos, hijo de Dolfos Vellido, le mete un venablo por la espalda mientras estaba meando contra la peña tajada sobre la que se asienta Zamora. Los últimos minutos de vida de Sancho los utiliza para reconocer ante toda su corte que la justicia divina es implacable. Así es que hace un recuento de sus errores y lamenta no haber hecho caso al Cid. Por así decirlo, se acuerda de Santa Barbara cuando oye los truenos.  

Para la religión en la que fui educado es de vital importancia el arrepentimiento, aunque sea in extremis. Si en el último instante de tu vida reconoces y lamentas tus pecados, salvas el alma, lo que, en definitiva, es lo que cuenta. Es algo así como intentar limpiar las inmundicias del rastro que dejas... como si eso no fuera más que una ilusión. O una debilidad: la debilidad del cristianismo que decía Nietzsche. El rastro, por mucho que te arrepientas, perdura tal y como le labraste por, al menos, siete generaciones. 

Así es que, Vellido Dolfos, hijo de Dolfos Vellido, es el villano del cuento, pero, en el fondo de sus conciencias todo el mundo tiene por cierto que no fue más que el brazo ejecutor del que se sirvió Dios para hacer justicia. Porque se daba el caso de que Sancho se estaba saltando todas las leyes no escritas del cielo y, si eso se consiente, es el apaga y vámonos: la vuelta al estado de naturaleza. 

El caso fue que el Cid no se creyó lo de Vellido. Para él, y para la mayoría de los caballeros castellanos, Vellido no había sido más que el sicario que había disparado. Por eso, todas las sospechas recaían sobre Alfonso, el hermano al que Sancho había arrebatado el reino de León. Era lógico pensarlo, porque el despojado no se iba a quedar de brazos cruzados. Por tal fue que el Cid le hizo jurar sobre los evangelios en Santa Gadea que no había tenido que ver nada en el asunto. Otra convección más para guardar las formas, porque por más que Alfonso jurase que era inocente y todos hiciesen como que le creían, la procesión siguió yendo por dentro hasta nuestros días. En cualquier caso, lo importante para que la nave vaya es que se guarden las formas. Es lo que quiere Dios.  

El saltarse las leyes no escritas del cielo y hacer como que a ti eso no te produce sentimiento de culpa. Es una psicopatía de la que pocos escapan. Es difícil ser joven, o tener poder, y no pasar por ello. Al fin y al cabo, como decía Don Juan, ¡cuán largo me fiais! La juventud, el poder, ¡sancta simplicitas! Como si hubiera habido alguien que consiguió irse de rositas. Incluso puede darse el caso de parezca que alguno se fue, pero solo fueron apariencias. 

En fin, uno trata de consolarse con este tipo de convicciones que solo son opiniones repetidas muchas veces. La esperanza de que Dios descargue su furia sobre los malvados ayuda mucho a mantenerse en pie. Ya saben, la esperanza, lo único que no escapó de la caja de Pandora cuando Epimeteo, el hermano imbécil de Prometeo, la abrió por pura curiosidad sin importarle que se lo hubieran prohibido. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario