viernes, 5 de diciembre de 2025

Santa Teresa


Estos días de diciembre, que no para de llover, son idóneos para el reencuentro con uno mismo, Santa Teresa mediante. Nunca me había detenido con esta mujer y eso que, como ya les tengo dicho, sus obras completas fue uno de los dos libros que mi madre me dejó por toda herencia. Un libro que se nota bien manoseado, aunque como es de cuando las cosas se hacían para que durasen, a efectos prácticos, está como nuevo. 

Recuerdo, allá por los años ochenta, que emitieron por televisión una serie sobre su vida que me enganchó de una forma enfermiza. Como está en YouTube, la volveré a ver para meterme en ambiente. 

Así comienza su autobiografía: 

" Quisiera yo que, como me han mandado y dado larga licencia para que escriba el modo de oración y las mercedes que el Señor me ha hecho, me la dieran para que muy por menudo y con claridad dijera mis grandes pecados y ruin vida. Diérame gran consuelo, más no han querido, antes atádome mucho en este caso; y por esto pido, por amor del Señor, tenga delante de los ojos quien este discurso de mi vida leyere, que ha sido tan ruin..."

Ese es el asunto, que, por muy altas que sean las cimas que se hayan logrado, no hay vida que no esté marcada por la ruindad. Por eso era que, cuando le preguntaban a aquel anciano tenido por sabio cuál era el sentimiento predominante en su vida actual siempre contestaba que vergüenza. Y es que, diría yo, no pude haber viejo que conserve en su sitio la cabeza que no viva corrido por la vergüenza de sí mismo. Y, si no, ¿de dónde creen ustedes que procede esa tendencia irreprimible a recluirse que tienen los viejos? Sí, hay que ser muy chorlito, para, a esas edades, andar por ahí como si tal cosa tratando de ocultarte tras bellas historias de ti mismo. 

En fin, vamos a ver si sacamos algo en limpio.

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