Yo veo y escucho acerca de este barril de pólvora a punto de estallar y, como cualquier hijo de vecino, trato de explicarme el porqué de tanta rabia. Y, para ello, no encuentro mejor camino que el de la introspección por aquello de que yo soy la persona a la que mejor conozco o, si mejor quieren, a la que mejor debiera conocer porque, de lo contrario, mejor no seguir adelante.
Uno, desde los primeros destellos del uso de razón, ha querido ser alguien. Me pregunto si habrá alguien que no esté afectado por ese deseo. Y sin necesidad de haber leído El Quijote, desde el primer instante ya intuí que nadie se destaca, o es más que nadie, si no hace más que nadie. Y, ahí, en ese redentor querer hacer más que nadie es en donde puse todas mis esperanzas.
Lo que pasó después es lo que ya predijo, una vez más, el mito prometeico. Ya saben que Zeus, cabreado por lo del robo del fuego, dijo: ¡os vais a enterar! Entonces, fabricó una mujer de las de quitar el hipo y la proveyó de una caja que tenía una advertencia escrita en su tapa: no abrir bajo ningún concepto. Porque es que había encerrado en ella todos los males del mundo. Acto seguido, la envió a la tierra a mezclarse con los mortales. Fue el hermano tonto —¿quién es el que no lo tiene?— de Prometeo, Epimeteo, el que se enamoró de la mujer y, acto seguido, se apresuró a abrir la caja tan pronto como la vio. Entonces, los males se escaparon de la caja y se esparcieron por el mundo, que no por otro motivo es que estemos como estamos, quemándolo todo. Pero, en todo esto, hubo un dato curioso, al mirar Prometeo, el hermano listo, la caja por dentro, encontró que allí, en el fondo, quedaba una cosa con un rótulo que decía: esperanza. ¿Por qué no había escapado la esperanza de la caja cuando la abrieron? ¿Acaso fue porque no era un mal? Y si no era un mal, ¿por qué demonios estaba dentro de la caja? Nadie, hasta el día de hoy, ha sabido resolver ese enigma.
Así es que, como les decía, puse mis esperanzas en hacer más que nadie para poder destacar y así sacarme la rabia inherente al no ser nadie... o sea, al tener asegurado el quedarse a dos velas cuando lo de la berrea. Pero, claro, las esperanzas, ¿qué coño carajo es eso de las esperanzas? Al respecto, recuerdo haber visto en el teatro Anayita de Salamanca una obra de teatro que en su extrema simplicidad era tremendamente esclarecedora. Se trataba de un grupo de borrachos que amanecen en una taberna después de una noche de ininterrumpido filosofar; mientras el tabernero recoge, ellos continúan con su matraca alimentada por un último resquicio de esperanza: ¡a lo mejó!, dice uno y, otro, desde la otra esquina, le contesta: ¡a lo mejó! —hay que puntualizar que era un grupo de teatro andaluz—. Y así, uno tras otro, todos los que allí habían amanecido después de un fatigoso trasnocheo, le daban al ¡a lo mejó! como si fuera la fórmula mágica que les iba a salvar de todos los males que se habían escapado de la caja de Pandora.
El asunto es ese, que la esperanza por si sola no resuelve nada. La tienes que adobar con disciplina, esfuerzo, método... ya saben lo penoso que es hacer rodar la piedra cuesta arriba. No por otra causa es que haya tanta gente desesperada, porque nadie les explicó de niños que sin subir la piedra a la cima no hay ¡a lo mejó! que valga. Y de la desesperación parte una cuesta abajo que desemboca inevitablemente en la violencia: contra uno mismo y contra el mundo. Pues me hago un tatuaje, dice uno; pues quemo la casa consistorial, dice otro. Así, por un momento, se tiene la ilusión de ser alguien.
Y es eso consisten todos los problemas del mundo, que, por lo que sea, generalmente por tener unos padres desastrosos, hay demasiada gente, una mayoría, diría yo, que no aprendió a hacer nada de fuste que le pueda servir para destacar, o sea, sentirse alguien. Y no es, precisamente, por la injusticia divina en el reparto de dones, que, como muy justamente señala Gracian, no hay ser humano que no tenga su «realce rey» que, una vez descubierto y cultivado... pues eso, que dejas de ser un chusma para convertirte en alguien porque has hecho algo de provecho. ¡Qué importante es la suerte de tener unos padres como Dios manda! O sea, que no sean amigos de sus hijos. Esto ya lo dejó claro Flavio Josefo hace dos mil años en su historia del pueblo judío: la esencia de la vida es la educación de los hijos. Sin una dedicación a eso a full time, mejor apaga y vete. Todo lo que no varees los lomos de tus hijos cuando son pequeños, será vareo sobre los tuyos cuando seas viejo, dice la Biblia.
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