viernes, 15 de mayo de 2026

La noche de los tiempos

Siguiendo con el tema de somiar truites, una cuestión a la que nunca será suficiente la atención que le prestemos dada la irreprimible tendencia que tenemos los humanos a caer en ese, no sé si vicio o, simplemente, carencia constitutiva. Pero, en fin, vayamos a la prosa, no por alambicada menos precisa, de Ortega:

«Sobre la línea del horizonte en esas puestas de sol inyectadas de sangre —como si una vena del firmamento hubiera sido punzada— levántanse los molinos harineros de Criptana y hacen al ocaso sus aspavientos. Estos molinos tienen un sentido: como "sentido" estos molinos son gigantes. Verdad es que Don Quijote no anda en su juicio. Pero el problema no queda resuelto porque se declare a Don Quijote demente. Lo que en él es anormal, ha sido y seguirá siendo normal en la humanidad. Bien que estos gigantes no lo sean; pero... ¿y los otros?, quiero decir, ¿y los gigantes en general? ¿De dónde ha sacado el hombre los gigantes? Porque ni los hubo ni los hay en realidad. Fuere como fuere, la ocasión en que el hombre pensó por primera vez los gigantes no se diferencia en nada esencial de esta escena cervantina. Siempre se trataría de una cosa que no era gigante, pero que mirada desde su vertiente ideal tendía a hacerse gigante. En las aspas giratorias de estos molinos hay una alusión hacia unos brazos briareos. Si obedecemos al impulso de esa alusión y nos dejamos ir según la curva allí anunciada, llegaremos al gigante.»

Para el que no lo sepa, recordaré que Briareo fue uno de los titanes que se puso del lado de los dioses telúricos en la lucha en que estos fueron derrotados por los dioses olímpicos. De resultas de lo cual los olímpicos castigaron a Briareo a vivir dentro del Etna. Y por eso es que, cuando a Briareo le pican las pulgas, el Etna echa fuego por su boca. 

Ya ven, el ser humano ha tenido, desde la noche de los tiempos, explicaciones coherentes para todos los fenómenos de la naturaleza. Y siempre una explicación vino con aires de superioridad para descabalgar a la precedente. Y siempre, también, el conjunto de la humanidad creyó a pies juntillas en la nueva explicación... y en ello es en lo que estamos, pensando que ya hemos llegado al fondo de los enigmas —lo cuántico y toda esa mandanga—, con lo cual vendríamos a ser los nuevos Briareos que una vez más se ponen del lado de los dioses telúricos para ser derrotados. 

Concluyendo, según como se mire, los humanos seguimos, poco más o menos, en donde estábamos en la noche de los tiempos, es decir, somiant truites... esa es nuestra única realidad.  

jueves, 14 de mayo de 2026

Somiant truites

Hace ya muchos años, más de cuarenta, lei un libro, del que no recuerdo nombre ni autor, que me impactó bastante; se trataba de la evolución del conocimiento desde las cavernas hasta nuestros días. En definitiva, de cómo los humanos habíamos ido robando fuego a los dioses en el inútil intento de querer parecernos a lo que suponemos que son ellos... bueno, esto lo digo yo que no el libro, que tampoco mencionaba los sufrimientos que hemos tenido, y tenemos, que padecer a causa de la muy difícil gestión de todo ese fuego robado. Me vino todo esto a la memoria a propósito de un párrafo de las Meditaciones del Quijote:

«LA REALIDAD, FERMENTO DEL MITO

La nueva poesía que ejerce Cervantes no puede ser de tan sencilla contextura como la griega y la medieval. Cervantes mira el mundo desde la cumbre del Renacimiento. El Renacimiento ha apretado un poco más las cosas: es una superación integral de la antigua sensibilidad. Galileo da una severa policía al universo con su física. Un nuevo régimen ha comenzado; todo anda más dentro de la horma. En el nuevo orden de cosas las aventuras son imposibles. No va a tardar en declarar Leibniz que la simple posibilidad carece por completo de vigor, que solo es posible lo compossibile, es decir, lo que se halle en estrecha conexión con las leyes naturales. De este modo lo posible, que en el mito, en el milagro, afirma una arisca independencia, queda infartado en lo real, como la aventura en el verismo de Cervantes.»

En aquel libro que les mentaba, se dejaba claro que si hay un momento que marque un antes y un después en la historia de la humanidad ese es el día en el que un tipo llamado Galileo se quedó absorto contemplando un objeto que oscilaba atado en el extremo de una cuerda. Se puso a investigar y pudo comprobar, contrastándolo con los latidos de su corazón, que si cambiaba la amplitud de la oscilación daba igual: el tiempo siempre era el mismo. Acababa de inventar la ley del péndulo y, con ello, la posibilidad de medir el tiempo con exactitud, o sea, justo lo que se le había venido escapando a la humanidad desde la noche de los tiempos. A partir de ese momento ya se podría relacionar con números el tiempo y el espacio, las dos magnitudes que constituyen nuestra realidad: había inventado la física y, para demostrarlo, se subió a lo alto de la torre de Pisa no sin antes haber puesto un observador con un péndulo frente a la ventana de cada piso. Dejó caer una piedra desde lo alto y mando a los observadores que midiesen el tiempo preciso al pasar por cada ventana de cada piso. Entonces, comprobó que cuanto más abajo estaba la ventana más rápido pasaba la piedra. Había descubierto que los cuerpos al caer sufren una aceleración al aproximarse a suelo. A partir de ahí ya vino una verdadera orgía de poner números a los fenómenos naturales. Y, a los fenómenos que no se les podía poner números, era, sencillamente, porque todavía no se había dado con el procedimiento para hacerlo. Digamos que se había desatado el optimismo. 

En ese momento es cuando Cervantes escribe el Quijote para decirnos que se ha acabado la fiesta. Podéis seguir creyendo en gigantes, marías santísimas o lo que queráis, pero así vais a ir por la vida de batacazo en batacazo. Y nos lo dice con vaselina, pero ni aun así se le lee por la sencilla razón de que se vive mucho mejor somiant truites, como dicen los catalanes, que agarrando a la realidad por los cuernos.  

En fin, ya va siendo hora de que la gente del común se vaya enterando de que Galileo existió. 

miércoles, 13 de mayo de 2026

Lobos esteparios

Hablemos de lo que hablemos en nuestras conversaciones mañaneras siempre acabamos centrándonos en lo que Schopenhauer, en una de sus geniales intuiciones, denominó "el dolor del mundo y el consuelo de las religiones". Los seres humanos parecemos condenados a estar atrapados en uno de esos dos cepos. El mundo nos duele porque, como somos cobardes por naturaleza, nos cuesta aceptar que vivir es irse muriendo poco a poco y, en un intento desesperado de acabar con ese sufrimiento, nos tiramos de cabeza al abismo de las religiones que es un sitio en el que ya no sufres porque, en realidad, estás muerto, si por tal se considera vivir en una fantasía en la que te dan una solución falsa, una mentira, para todo lo que por su propia naturaleza ni tiene respuesta, ni falta que hace. 

Vivir en una fantasía es negarse a usar aquello que nos hace humanos, es decir, la capacidad de pensar. Así, lo que pasa es lo de aquella novela, creo recordar, de Daphne de Maurier, La Posada de Jamaica: el cura del pueblo se subía al púlpito y cuando miraba hacia abajo solo veía ovejas. Es elemental, ceder tu capacidad de pensar a otro te animaliza. 

El pastor piensa por sus ovejas y tiene su equipo de mastines para defenderlas de los lobos esteparios, no vaya a ser que se acerquen demasiado y las contaminen con el virus de la duda y se humanicen. Entonces, es un gran problema para los pastores porque las ovejas dejan de temer a los mastines y se escapan del rebaño. ¿En llegados a ese desbarajuste, que pueden hacer los pastores? Pues muy sencillo, buscar nuevos pastizales más apetitosos a sabiendas que, así, las ovejas volverán al redil. Así es como se pasó del gastado pastizal del cristianismo al mucho más sabroso del marxismo cultural. Imagínense lo que va del apestoso amar al prójimo al deleitoso odiarle cuando tiene más que tú. Las ovejas se apuntaron a eso sin pensárselo dos veces. Y así, en ese pastizal vienen comiendo las ovejas hace más de un siglo sin dejar de adelgazar y viendo cómo, una vez más, son los pastores los que engordan. Así es que estamos en las mismas. En fase de descarriamiento de las ovejas y de búsqueda de nuevos pastizales por parte de los pastores. 

Me pregunto por qué será tan difícil criar lobos esteparios. Quizá sea por la saña con la que son perseguidos a nada que asoman en lontananza. Así, claro, no hay forma de que los rebaños se humanicen. Por eso mira uno a su alrededor y no ve más que apriscos en los que se amontonan las ovejas ajenas a su condición de mortales. 

martes, 12 de mayo de 2026

Divagaciones metafísicas

El otro día iba caminando por la acera y notaba que pegado detrás de mí venía alguien en bicicleta hablando con un cierto tono de protesta. Me volví y vi que era una pareja, por los treinta o así, con un niño. Se me ocurrió sugerirles que dada la aglomeración de peatones que había lo mejor que podían hacer era ir caminando. ¡En mala hora se me ocurrió! El tipo se puso como un energúmeno y me amenazó de todo menos de muerte. Y la mujer, que era la que llevaba el niño, gritaba como una histérica que hiciesen carriles bici. Pensé que, sin duda, estaban desesperados por las razones al uso. La primera, por supuesto, la falta de inteligencia y, a partir de ahí, lo que ustedes quieran, adobado todo ello por las tácticas ponzoñosas del marxismo cultural. 

Lo de la falta de inteligencia es un argumento que solemos emplear demasiado a la ligera. Los americanos, sobre todo, son muy dados a los test que indicarían con cierta verosimilitud el grado de inteligencia de la persona testada. Creo que lo llaman IQ —coeficiente intelectual—. Personalmente, nunca he creído mucho en ese tipo de termómetros. Siempre he pensado que, salvo excepciones, todo el mundo es inteligente para unas cosas y tonto de remate para otras. En lo que me suelo fijar para valorar a alguien es en cómo le va en la vida a él y a sus hijos si los tiene. 

Aquí nos encontramos con otra expresión ambigua; ¿qué es eso de irte bien en la vida? Es algo con tantos componentes subjetivos que no hay forma humana de dar una definición. Así todo, de una persona que tiene resuelta la manduca, se lleva bien con los vecinos y, sobre todo, sus hijos pitan, se puede decir que le va bien en la vida. Porque ya puede haber tenido todo el éxito que quieran en sus negocios que, como los hijos no piten, será un puto desgraciado gastando todas sus energías en disimular. 

Y aquí, para no seguir a ciegas, conviene dejar claro en que vendría a consistir el marxismo cultural. Pues se lo diré, para mí consiste, sobre todo, en ese intento absolutamente absurdo de liberar a los padres de la responsabilidad de educar a sus hijos. Es eso que llaman educación pública. Para que nadie se quede atrás, como se suele decir. Y, además, para que los padres tengan todo el dinero y tiempo posible para ir al bar. Con este sistema, cuando los chicos no pitan, los padres no tienen por qué sentirse culpabilizados, en el peor de los casos tristes, porque ha sido el sistema el que ha fallado. 

Educación pública y sanidad pública. Recuerdo al ínclito filósofo Savater, niño comilón donde los hubiese, argumentando que podíamos comer, beber y fumar a nuestro antojo porque, si nos pasaba algo por ello, ahí estaba la sanidad pública para cubrirnos las espaldas. Ya saben, la regla número uno del marxismo cultural: aquí hemos venido a disfrutar.

En fin, perdónenme estas divagaciones metafísicas sin la menor pretensión de tener razón alguna ni llegar a ningún lado; solo un inocente ejercicio de desahogo. 

lunes, 11 de mayo de 2026

Caza Salvaje

 Ayer por la tarde estuve viendo una película protagonizada por Charles Bronson y Lee Marvin, por así decirlo, dos monstruos de la interpretación. Se titulaba Caza Salvaje. De inmediato me di cuenta de que esa película tenía algo especial. Sin duda me ayudó a ello el estar leyendo por enésima vez, y diría que con una atención maníaca, las Meditaciones del Quijote de Ortega. Amárrense los machos:

«EL MITO, FERMENTO DE LA HISTORIA 

La perspectiva épica, que consiste, según hemos visto, el mirar los sucesos del mundo desde ciertos mitos cardinales, como desde cimas supernas, no muere con Grecia. Llega hasta nosotros. No morirá nunca. Cuando las gentes dejan de creer en la realidad cosmogónica e histórica de sus narraciones ha pasado, es cierto, el buen tiempo de la raza helénica. Mas descargados los motivos épicos, las simientes míticas de todo valor dogmático no solo perduran como espléndidos fantasmas insustituibles, sino que ganan en agilidad y poder plástico. Hacinados en la memoria literaria, escondidos en el subsuelo de la reminiscencia popular, constituyen una levadura poética de incalculable energía.»

Caza Salvaje va de un trampero, Charles Bronson, al que las circunstancias convierten en chivo expiatorio de una comunidad culpabilizada por sus vicios. El policía, Lee Marvin, es el encargado de reconducir la situación para que no se salga del terreno de la lógica. La gracia del asunto es que el chivo expiatorio se convierte en azote de la masa viciosa sin que el policía pueda hacer nada por evitarlo. Es tema recurrente que ha producido miles de versiones a lo largo de la historia de la novela y el cine. Los Hermanos Grim produjeron una versión del asunto a la que dieron el título, que hizo fortuna, de Caza Salvaje. Por lo visto está inspirado en una leyenda medieval nórdica que se difundió por toda Europa: los espíritus del mal desparramándose entre las gentes para destruirlas. 

Tema recurrente, como les decía, en la novela y el cine, pero, sobre todo, es recurrente en la realidad. ¿Se acuerdan ustedes de la saña con la que la mayoría de la gente perseguía a los que no se querían vacunar de la mierda esa del covid? No había la menor lógica en ello, pero, por razones misteriosas, los espíritus del mal se habían apoderado de la gente y les hacían comportarse como auténticos salvajes. Como en la película, el chivo expiatorio salió indemne, pero entre la masa perseguidora se produjo —se está produciendo todavía— una verdadera escabechina. Sin embargo, ahora, cuatro o cinco años pasados ya, nadie quiere que le nombren a la bicha; la quieren, ahí, dormida en el fondo de sus conciencias... como si eso fuese posible.     

Así son las cosas de este mundo. Por más que nos empeñemos en buscar soluciones mágicas, nunca lograremos escapar de la realidad de que no hay más Dios que el cumplimiento de las leyes no escritas del cielo, ni más chivo expiatorio que el pagar por nuestras culpas. No otra cosa es lo que, en definitiva, nos vienen a decir esos mitos cardinales que perduran como espléndidos fantasmas insustituibles. 

Y colorín, colorado...

domingo, 10 de mayo de 2026

Cuestiones baladíes

Una de las cosas, no sé si terrible o benéfica, de la vejez es la falta de conciencia de la pérdida de facultades mentales; de las físicas, como son tan obvias, no hay problema. Recuerdo al Sr. Emilio, de Moarbes de San Pedro, al que visité un par de veces cuando ya tenía cien años. La primera vez me estuvo enseñando la casa que había construido con sus manos al volver de la guerra, y en cuya planta baja todavía se conservaban en perfecto estado las instalaciones de la industria maderera que había sido su modus vivendi. Me contó que, en la actualidad, si hacía bueno, le decía a su hija que le preparase algo de comida y con ella en un cesto se iba en bicicleta a pasar el día en un huerto que tenía en Santibañez de Ecla, a cinco o seis kilómetros de distancia. La verdad es que me dio la impresión de estar en muy buenas condiciones. A los pocos días pasé por delante de su casa y, como le vi sentado a la puerta, paré a saludarle. El hombre estaba desconsolado; me dijo que tenía ya preparada la bicicleta para ir al huerto y que había entrado en casa a recoger la comida y que, cuando había salido para irse, ya no estaba la bicicleta; alguien se la había robado. Después, me contó su hija que se la había llevado discretamente la guardia civil a instancias suyas porque se quedaba muy preocupada cada vez que su padre se iba al huerto en ella, porque, añadió, tenía grandes lagunas de memoria y era seguro que algún día no iba a saber volver.  

El caso es que, a última hora, antes de retirarme, tengo por costumbre sentarme a hacer solitarios mientras escucho música. Suelo hacer uno que llaman carta blanca que, por lo general, no da problemas, pero que de vez en cuando se atraviesa y te hace echar humo por la cabeza. Anoche fue una de esas veces. Llevaba ya una hora con él y, como ya era tarde, lo dejé y me fui a la cama con la intención de retomarlo por la mañana. Esta mañana me he puesto con él y en menos de dos minutos lo he resuelto. He pensado que lo más probable es que fuese el cansancio de la jornada el que anoche me impidió resolverlo. Y no es que no venga notando por las tardes, desde hace ya mucho, el cansancio acumulado del día, pero tiendo a pensar que ese cansancio es mayormente físico sin darme cuenta de que, seguramente, es mucho mayor el mental. 

Sea como sea en mi caso, que no soy yo quién para valorarlo, de lo que no me cabe duda es de la gente mayor que suelo tratar, aunque cada vez menos porque me deprime, tiene bastante perdida la chaveta. El otro día, me decía uno que sigue utilizando el coche como si tal cosa: cuando me lleve un susto dejaré de conducir. Me quedé callado, pero pensé para mis adentros que el problema no era que el susto se lo llevara él, sino que se lo diese a otro. Y como esta, les podría contar mil anécdotas. Porque ese es el caso, que tenemos olfato para apreciar el deterioro de los demás, pero el nuestro se nos escapa. 

En fin, nostalgia de aquella edad de oro en la que todavía no se había instaurado en el mundo eso que llaman marxismo cultural y los viejos vivían en su casa de toda la vida rodeados de su familia y trabajando en la medida de sus posibilidades. En aquel entonces, que yo conócí en mi infancia rural, no había por qué preocuparse por estos asuntos que les traigo hoy a colación porque eran baladíes.    

sábado, 9 de mayo de 2026

Trampa y cartón

He podido leer y escuchar miles de veces cómo se trataba de ridiculizar la expresión "pueblo elegido" aplicada a los hebreos. No me extraña nada porque el primer intento de eliminar a lo que envidias siempre suele ser ridiculizarlo; si eso te falla, pasas a lo siguiente que puede ser gasearlo. El caso es que esa pretensión de pueblo elegido yo la he visto, y sufrido en mis carnes, unas cuantas veces. Tengan en cuenta que he vivido en el País Vasco y Cataluña, dos lugares, entre otros muchos, en donde los nativos pura sangre se pasan el día intentando convencerse los unos a los otros, pues de eso, de que son un pueblo elegido, único, especial y, sobre todo, superiores a sus vecinos que son unos maquetos, o unos charnegos, mierda, en definitiva. Pero, claro, a nadie se le ha pasado por la cabeza ponerse a gasear ni a vascos ni a catalanes, por la sencilla razón de que, salvo cuando les da la locura de ponerse a matar, nadie se los toma en serio porque, a todas luces, son del puto montón. 

Lo de los judíos es muy diferente. Ellos son una minoría insignificante que ha dejado, y deja, una impronta en el mundo imborrable. Y es muy fácil, a mi juicio, el entender por qué ha sido, y es, así. Lo primero que hacen los judíos cuando llegan a la tierra prometida es hacer un templo con una cámara sagrada, que llaman tabernáculo o algo así, en la que guardan el Arca de la Alianza, dentro de la cual están las Tablas de la Ley. Señoras y señores, no se engañen, toda la religión judía estriba en eso, en la ley: la cumples o no la cumples; eres respetado o eres despreciado, tú y tu familia por ocho generaciones. Y no hay más.

Del respeto de la ley es de donde procede la alianza entre los humanos. Uno solo se fía de quien la respeta. Cuestión de confianza, en definitiva. Por eso, para un judío no hay prioridad que se pueda comparar a la educación de los hijos, porque saben que lo más difícil de enseñar a una persona es el respeto de la ley, lo cual no es otra cosa que la sabiduría o, también, la riqueza suprema. 

Así que, a los que sueñan con destruir a los judíos, desde aquí les digo que vayan despertando a la realidad. Todo este circo de moros y cristianos que tratan de esconder su corrupción —desprecio de la ley— detrás del folclore religioso no les va a servir de nada. ¿Se puede concebir algo más ridículo, por poner un ejemplo, que ese baldaquino de Bernini en la basílica vaticana? Intentando expresar la grandeza de Dios, dicen. ¡Qué chorrada! Dejen ustedes de robar y de dar cobertura ideológica a los tiranos y sabrán lo que es la grandeza de Dios, cualquier cosa que pueda ser esa entelequia más allá del respeto de las leyes no escritas del cielo.  

Por eso queremos matar a los judíos, porque son los únicos que no son educados para el autoengaño. No lo podemos soportar: son un espejo que nos devuelve una imagen horrible, todo trampa y cartón, de nosotros mismos. 

viernes, 8 de mayo de 2026

Mi nieto

Ayer fue para mí un día bastante extraordinario. El día anterior me había llamado mi nieto, que anda por aquí, para quedar. Vino al medio día, estuvimos aquí en casa de cháchara, luego dimos una vuelta por el muelle del Pesquero y, acto seguido, nos fuimos a comer. El chaval tiene veintitrés y ya hace cuatro que se mueve por el mundo como Perico por su casa. Desde Navidad ha estado en Londres, donde viven sus padres, y, ahora, anda de paso por aquí, camino de la República Dominicana. Estos últimos cuatro años ha vivido mayormente en Medellín, la que dicen ciudad de la eterna primavera. Se dedica a algo relacionado con la cosa digital; un día me explicó en qué consistía el asunto, pero no entendí nada. Sea lo que sea, lo que cuenta es que desde hace cinco o seis años es completamente independiente a efectos pecuniarios. Así es que nada de extrañar tiene que dé muestras de una madurez fuera de lo común... siendo para mí lo común el recuerdo que tengo de mí mismo cuando tenía la edad que ahora tiene él. 

La última vez que le vi, hablando de libros, le dije que el que más merecía la pena era la Biblia. Entonces me preguntó si yo era creyente. Le contesté que la Biblia nada tenía que ver con eso, que el que quiere creer en algo, ya sea en la Biblia o en el Espagueti Volador, que también tiene devotos, es porque necesita creer en algo para no enfrentarse a la realidad. Parece ser que tomó nota de lo que le dije y estos últimos tiempos anduvo leyendo el libro. Por eso quería comentarlo conmigo. Y, yo, la verdad, pocas cosas me podrían haber agradado más porque, en mi vanidoso fuero interno, tiendo a pensar que estoy bastante puesto en el tema. En fin, consideraciones personales al margen, lo importante es que el nieto escuchaba al abuelo, cosa que se pude asegurar dadas las interrupciones que me hacía de vez en cuando para cuestionarme algo de lo que le acababa de decir. 

Yo no sé lo representativo que pueda ser este chaval de los de su generación. Lo que sí puedo decir es que sabe dar la impresión de que ha tomado el toro por los cuernos: su vida es su vida. Y todo eso de las cuestiones sociales que tanto nos preocupaban a los de mi generacíón, para él parecen no existir más allá de las aficiones futbolísticas. Me dijo que ya sabía que a mí el futbol nunca me había interesado. Le contesté que si hubiera tenido una constitución física como la suya lo más seguro es que sí me hubiese interesado. Pero como estoy hecho como estoy hecho, añadí, no me quedó más remedio que refugiarme en los libros. Supo captar el chiste. 

En el restaurante dijo que la ensalada estaba deliciosa, una adjetivación muy inglesa, y, el filete que le trajeron después, apenas lo cató; se limitó a pedir a la camarera que se lo pusiese en un táper para llevárselo a casa. Por supuesto que para beber pidió agua. No quiso postre. Me despidió a la puerta de casa con total naturalidad, como si nos viésemos todos los días, y se fue con su bolsa de comida a por una bicicleta para ir a casa de su abuela donde se está quedando. 

Como digo, no sé lo indicativo que este chaval será de su generación. Supongo que bastante. En cualquier caso, a años luz de la mía. Infinitamente mejor, juraría. ¡Porque mira que éramos mierdas! ¡Todo el día echando la culpa a los otros de nuestras miserias! 

jueves, 7 de mayo de 2026

Diez a uno

Hay en YouTube un canal de humor fino de un tal Abraham, seguramente mexicano. Utiliza figuras muy esquemáticas: una cabeza redonda en la que se mueven los ojos y la boca; con eso basta para dar expresividad a unos diálogos, por así decirlo, muy psicoanalíticos. En conjunto, todo ello, yo diría que es muy inteligente, aunque, claro, ya saben que eso ...

El caso es que tiene un chiste de trans muy gracioso si es que cualquier cosa relacionada con esa monstruosidad puede serlo. Está una pareja en la cama y ella le dice a él: ¿Si te digo una cosa no te vas a ofender? Él contesta: Por supuesto que no, mi amor. Es que no me atrevo, sigue ella. No te preocupes, mi amor, contesta él. Antes hacía pis parada —parada es la forma mexicana de decir de pie—, suelta, entonces, ella. Él no se da por enterado y hace como que duerme. Entonces ella, después de una pequeña pausa, dice a bote pronto: Sí, me encuentro mucho más segura después de la cirugía. Entonces él, como movido por un resorte, pega un salto y queda perplejo al borde de la cama. 

Si bien lo consideramos todo esto de los trans tiene sus antecedentes en la figura de Tiresias, uno de los personajes más interesantes y persistentes en la mitología clásica. Tiresias iba por el campo con su bastón y vio a una pareja de serpientes apareándose; la emprendió a bastonazos con ellas y mató a la hembra. En castigo por ese crimen, los dioses le convirtieron en mujer. Años después, se repite la historia, pero en esta ocasión, mata al macho y los dioses le convierten en hombre. Entonces, resultó que un día andaban Zeus y Hera discutiendo sobre quién obtenía más placer en el acto sexual: ¿el macho o la hembra? Como no llegaban a conclusión alguna, cansados ya, se acordaron de Tiresias que, como había sido las dos cosas, debía tener experiencia al respecto. Le consultaron y Tiresias dijo que la mujer obtiene diez veces más placer que el hombre. A Hera no le gustó nada que hubiese desvelado el secreto que tenía tan bien guardado y, en represalia, le dejó ciego. Entonces, Zeus, en compensación, le concedió el don de la adivinación. 

El caso es ese, que se difundió por el mundo el secreto, hasta entonces, mejor guardado por las mujeres, es decir, que sus orgasmos duran diez veces más que los de los hombres. Así, claro, es comprensible que en las recurrentes decadencias sociales, cuando la búsqueda de placer se convierte en el norte de todos los proyectos personales, uno de los rasgos predominantes sea el afeminamiento de los hombres. Y es que, ¡leches!, diez a uno es como para pensárselo.

miércoles, 6 de mayo de 2026

La pretendí como esposa

     «La quise y la rondé desde muchacho

y la pretendí como esposa, enamorado de su hermosura.

     Su unión con Dios realza su nobleza, 

siendo dueño de todo quien la ama;

es confidente del saber divino y selecciona sus obras.

     Si la riqueza es un bien apetecible en la vida,

¿quién es más rico que la sabiduría, que lo realiza todo?

Y si es la inteligencia quien lo realiza,

¿quién es artífice de cuanto existe más que ella?   

     Si alguien ama la rectitud, las virtudes son fruto de sus afanes;

es maestra de templanza y prudencia, de justicia y fortaleza;

para los hombres no hay en la vida nada más provechoso que esto.

     Y si alguien ambiciona una rica experiencia,

ella conoce el pasado y adivina el futuro,

sabe los dichos ingeniosos y la solución de los enigmas,

comprende de antemano los signos y prodigios,

y el desenlace de cada momento, de cada época.

     Por eso decidí unir nuestras vidas

Seguro de que sería mi consejera en la dicha, 

mi alivio en la pesadumbre y la tristeza. 

....

     Gracias a ella alcanzaré la inmortalidad 

y legaré a la posteridad un recuerdo imperecedero.» 


Uno se ha pasado gran parte de la vida persiguiendo a esa señora con la ilusión de que al final la podría conseguir y, en estas postrimerías, ya he comprendido que eso no es posible... a no ser que tengamos por tal el socrático «sólo sé que no sé nada». En cualquier caso, sin perseguir esa ilusión, la vida hubiera sido mucho menos que nada, como dice el bolero. Porque fue esa persecución la que me apartó de la multitud de imbecilidades a las que me empujaba mi soberbia de mancebo, la que me llevaba a creer que lo sabía todo porque así me lo daban a entender los que me reían las gracias. 

En definitiva, perseguir la sabiduría es lo único que puede colmar ese afán de trascendencia, o de perdurar en el recuerdo, que, por lo que sea, es la marca por antonomasia de nuestra especie. Claro que, para dar con la fórmula adecuada para que esa persecución sea efectiva...   

martes, 5 de mayo de 2026

La unidad de España

En nuestras conversaciones mañaneras de punta a punta del continente Euroasiático, tratábamos ayer del asunto España. O sea, de este vivir sin vivir en mí, que es un sinvivir. A través de los siglos, cual si fuéramos niños, estamos con el te junto, no te junto. El motivo que nos había llevado a ocuparnos de este manido tema no era otro que el estar leyendo yo Las Meditaciones del Quijote y Jacobo Japónicus La España Invertebrada, las dos de Ortega. 

Japónicus lo ve claro, las diferentes regiones de España se juntaron a raíz del descubrimiento de América por la sencilla razón de que ese descubrimiento trajo negocio para todos. Si no hay negocio, no te junto. Cuando se acabó el negocio de América se trató de salvar el invento de España por medio de las políticas económicas conocidas como mercantilistas. O sea, como cuenta Baudelaire en sus memorias, los españoles tienen que comprar los calzoncillos a los catalanes en vez de a los ingleses por más que sean mucho peores y diez veces más caros. Así es como se consiguió tener a Cataluña callada. Franco hizo lo mismo: más mercantilismo. Y cuando se empezaron a abrir los mercados, de inmediato comenzaron a resurgir las pulsiones separatistas. 

Dice Ortega que lo que tenemos que hacer los españoles para sosegarnos es lo que hacían los marineros del Mediterráneo para neutralizar el canto de las sirenas, o sea, cantarlo al revés. Así debemos, nosotros, «cantar a la inversa la leyenda de la historia de España, a fin de llegar a su través hasta aquella media docena de lugares donde la pobre víscera cordial de nuestra raza da sus puros e intensos latidos». La verdad es que Ortega es, con frecuencia, un tanto redicho; a Sánchez Ferlosio le ponía de los nervios. 

Sigue Ortega: «Una de esas experiencias esenciales es Cervantes, acaso la mayor. He aquí una plenitud española. He aquí una palabra que en toda ocasión podemos blandir como una lanza». El Quijote, digo yo, es lo que podría, perfectamente, convertir a los españoles en otro "pueblo del libro", más o menos como los judíos lo son respecto de la Biblia. Hace ya muchos años que lo pienso, que si los españoles creciesen estudiando los significados ocultos en el Quijote, como hacen los judíos con la Biblia, seríamos el pueblo imbatible. ¿Qué país tiene un libro que se le pueda parecer al Quijote, ni siquiera de lejos?  

En fin, el caso es que, tanto Japónicus como yo, venimos escuchando de un tiempo para acá los razonamientos del profesor Bastos sobre las ventajas e inconvenientes que traen aparejados los tamaños de las naciones. Y parece bastante convincente la idea de que, por lo general, big is not always better —no siempre es mejor lo mayor—. De hecho, la grandeza de Europa se construyó cuando estaba formada por cientos de territorios independientes. Como la Italia del Renacimiento. O sin ir más lejos, la España de la Reconquista. 

Resumiendo, que no se le debiera dar tantas vueltas al asunto de la Unidad de España. Si les conviene a las partes ya se juntarán de buen grado. Si piensan que no les conviene, cada uno en su casa y Dios en la de todos. En cualquier caso, los vecinos siempre han comerciado entre ellos, lo que, a la postre, es el único cemento que funciona, siempre y cuando, claro está, a ese cemento no se le mezcle con la arena de las regulaciones.  


lunes, 4 de mayo de 2026

El tren de las tres y diez

Hay una cadena de televisión regional que debe de ser propiedad de la Iglesia. La suelo mirar porque a media tarde suele poner películas sin anuncios o concursos de bolos que me retrotraen a la infancia. Generalmente, no aguanto mucho ni con unas ni con otros, pero a veces me engancho, como fue el caso de ayer que se trataba de un western protagonizado por dos gigantes de la interpretación, Van Heflin representando el bien y Glen Ford en el papel del diablo. En realidad, toda la ficción que ha producido el mundo desde que es mundo no consiste en otra cosa que esa lucha sin final posible entre el bien, asociado siempre al sufrimiento, y el mal corriendo parejas con los placeres sin fin. Por supuesto que toda esa ficción ha sido creada con la intención de adoctrinar al vulgo con la idea de que el bien siempre triunfa sobre el mal, una ilusión que nos permite seguir tirando hacia delante. Pero, ya digo, una ilusión: la realidad es que el bien y el mal conviven en un ten con ten que les mantiene en un estado de continua tensión. Esa idea de que Dios impera sobre el diablo es la parte más infantil de todas las religiones. 

En cualquier caso, toda la ficción, como digo, descansa en esa tensión entre el bien y el mal que es inagotable, precisamente, porque es parte constitutiva de cada uno de nosotros: todos, absolutamente todos, puestos en las circunstancias adecuadas, podemos tirar hacia un lado o el otro sin que nuestra voluntad pueda hacer nada al respecto. Las circunstancias son las que hacen al héroe y, también, al villano. Ya saben aquello que dijo el filósofo: yo soy yo y mis circunstancias. 

Esa tensión entre el bien y el mal, digo yo que traerá causa de la pulsión biológica que encamina los actos de casi todo lo que vive hacia la conservación de la especie. Y digo casi porque, por razones que desconozco, hay seres vivos en todas las especies que tienen una propensión natural hacia la aniquilación. A veces, como hemos visto en numerosas ocasiones a lo largo de la historia, este tipo de propensión se propaga por los espíritus como una enfermedad contagiosa... la naturaleza es sabia y tiene razones para hacer lo que hace que nosotros los humanos no podemos comprender. 

De todas las maneras, al menos nosotros los humanos tenemos una cosa que se llama razón. La razón es al algo con lo que, en teoría, podemos interactuar con la naturaleza para modificar en cierta medida sus designios. Pensamos que si hacemos ciertas cosas —controlar nuestros deseos principalmente— no ponemos en peligro la continuidad de la especie, o sea, que estamos haciendo el bien. Por contra, cuando nos dejamos arrastrar por nuestras pasiones secretas, aun sin querer reconocerlo, tenemos la convicción íntima de que estamos contribuyendo a hacer un mundo peor.

En la película de la que les hablaba, El tren de las tres y diez, Van Heflin, el bien, es un granjero que tiene mujer e hijos y las pasa canutas para sacarlos adelante. Por contra, Glen Ford es un forajido simpático que se dedica a asaltar diligencias y seducir mujeres; nada le ata al mundo que no sea satisfacer sus caprichos. En fin, lo de siempre para que el argumento prospere: el granjero soluciona su problema entregando al forajido a la justicia. Al final de la película hay un detalle esclarecedor; nadie es tan malo que esté incapacitado para tener un destello de compasión. En fin, cosas de la ficción que necesita sus reglas para funcionar.  

domingo, 3 de mayo de 2026

Principios

Decíamos ayer que la cultura viva, la verdadera, no es otra cosa que el tesoro de los principios. Los principios son las herramientas que nos permiten resolver problemas. Por eso, la principal característica de un principio tiene que ser que no sea problema el mismo. Tienen que ser claros como el agua, como, pongamos por caso, los teoremas de geometría. El teorema conocido como de Pitágoras es un principio impepinable y, por eso, es herramienta que ayuda a resolver infinidad de problemas. Tengo que confesar que, para mí no hay pasatiempo, aparte de la guitarra, como intentar resolver un problema de geometría; siempre que tengo que hacer tiempo por cualquier motivo, saco el móvil y busco un problema de esos... a veces consigo que la cabeza me eche fuego.

La cuestión de los principios la dejó niquelada Pessoa cuando dijo que los únicos problemas que tienen solución son los matemáticos. Y eso es porque las matemáticas son la única materia que tiene principios de hormigón armado. Todas las demás materias, las que no precisan de las matemáticas para sustentarse, tienen los principios de barro. De pronto, un día, generalmente cuando ya eres viejo, caes en la cuenta de esta realidad incuestionable y todo cambia para ti. Y cambia porque ya no quieres seguir siendo un idiota que se muere por hacer eso que llaman socializar. 

Socializar, ¿qué es eso? Pues muy sencillo, darse la razón los unos a los otros utilizando principios con pies de barro: todos de cabeza al precipicio. Si uno se pone a analizar, ya sea la propia vida, ya sea la historia de la humanidad, no tardará en darse cuenta de que tanto la una como la otra son una sucesión ininterrumpida de fracasos o equivocaciones, precisamente, por haber razonado con principios con pies de barro. Esto es algo tan obvio que por eso es que haya desde hace miles de años filosofías, generalmente orientales, que preconizan la no acción. Dejar que la vida, la historia, siga su curso sin meter nuestras pezuñas por medio con la intención de mejorarlas. 

He dicho, generalmente orientales: perdonen el lapsus. Porque, ¿qué es el mito prometeico sino una invitación a la no acción? Todo lo que maquinamos con la intención de mejorar nuestra vida, irremisiblemente nos lleva a un encadenamiento que nos impide huir del águila que viene a roernos los hígados. Solo el sueño reparador alivia nuestros tormentos. 

En fin, allá cada cual en cómo se las apaña para esquivar al águila... yo, la verdad, no veo a muchos que lo consigan.  

sábado, 2 de mayo de 2026

El concepto


Claro está que el sistema político en el que nos hallamos inmersos tiene como eje de su eficacia la destrucción del individuo por medio de la propaganda. No creo que esto sea algo nuevo y, eso, por más que la tecnología haya dado poderosas herramientas a las élites dominantes para que la propaganda nos entre con una vaselina que nos hace vivir con la ilusión de que somos dueños de nuestro destino. Personalmente, cuando oigo a algún pringao invocar la democracia, automáticamente pienso: este tío ni siquiera es un sinvergüenza, es, sencillamente, un tonto del culo. Que la invoque un mandamás, me parece natural por las mismas razones que las élites, hasta el que se conoce como siglo de las luces, invocaban la religión. ¿Qué diferencia hay entre un púlpito y una televisión? Hasta donde se me alcanza, ninguna. Los dos artefactos sirven por igual para difundir la religión, ideología, o como lo quieran llamar, que convierte a los individuos en borregos. En realidad, para qué nos vamos a engañar, nunca ha habido otra forma de mantener más o menos sosegadas a las sociedades que aborregándolas por medio de una religión del tipo que sea... es decir, por medio de una mentira... o de vivir en la oscuridad, si mejor quieren. 

Sigo bebiendo, a pequeños sorbos para mejor saborearlo, las Meditaciones del Quijote de Ortega. Para mí, ese libro y Oráculo Manual, Arte de Prudencia de Gracián son la cúspide del pensamiento descarnado en mi propio idioma; luego, por supuesto, está El Quijote, que es lo mismo, pero con carne. En cualquier caso, leer esos libros es, pienso, la mejor forma que tenemos de dar con el portillo del caer en la cuenta, que es el primer paso de este negocio, el segundo paso es saltar por él para escapar del rebaño.

Transcribo a Ortega:

«Cantaba Goethe: 

"Yo me declaro del linaje de esos / que de lo oscuro hacia lo claro aspiran.

Y a la hora de morir, en la plenitud del día, cara a la primavera inminente, lanza en un clamor postrero un último deseo, la última saeta del viejo arquero ejemplar: 

¡Luz, más luz!

Claridad no es vida, pero es la plenitud de la vida. 

¿Cómo conquistarla sin el auxilio del concepto? Claridad dentro de la vida, luz derramada sobre las cosas es el concepto. Nada más. Nada menos.

Cada nuevo concepto es un nuevo órgano que se abre en nosotros sobre una porción del mundo, tácita antes e invisible. El que os da una idea os aumenta la vida y dilata la realidad en torno vuestro. Literalmente exacta es la opinión platónica de que no miramos con los ojos, sino al través o por medio de los ojos; miramos con los conceptos. Idea en Platón quería decir punto de vista. 

Frente a lo problemático de la vida, la cultura —en la medida en que es viva y auténtica— representa el tesoro de los principios. Podremos disputar sobre cuáles sean los principios suficientes para resolver aquel problema; pero sean cualesquiera, tendrán que ser principios. Y para poder ser algo principio, tiene que comenzar por no ser a su vez problema. Esta es la dificultad con que tropieza la religión y que la ha mantenido siempre en polémica con otras formas de la humana cultura, sobre todo con la razón. El espíritu religioso refiere el misterio que es la vida a otros misterios todavía más intensos y peraltados. Al fin y al cabo, la vida se nos presenta como un problema acaso soluble o, cuando menos, no insoluble. La religión nos propone que lo expliquemos por medio de misterios, es decir, de problemas formalmente insolubles. El misterio nos lleva de lo oscuro a lo tenebroso. El misterio es la lujuria de la oscuridad.»

No sé qué más se podría decir al respecto. Bueno, sí, que para entender que es eso del concepto en toda su dimensión, quizá, lo mejor sería echar un vistazo a Los Elementos de Euclides. Para poder resolver los problemas de geometría lo primero es tener una idea exacta de lo que es el punto, la línea, el plano, el círculo, etc. Por eso las primeras páginas están dedicadas a dejar nítidos los límites de esos conceptos. 

viernes, 1 de mayo de 2026

Kafka

Hace unos meses murió la mayor de mis hermanas. Como, por un lado, no tenía descendencia y, como por otro, tenía un cierto patrimonio, nos lo dejó repartido entre los diversos familiares, amén de la Iglesia de la que era muy devota. Se lo cuento porque, con motivo de querer tomar posesión de la parte que me corresponde —dinero invertido—, ayer tuve que pasarme la mañana de banco en banco para, a duras penas, pergeñar la estrategia que, en un futuro, no sé cuan lejano, me permitirá apoderarme de lo que por derecho es mío. 

Les he contado esta anécdota, sin el menor interés aparente, porque a donde quería llegar es a hacer algunas consideraciones sobre la realidad de nuestro presente. Para empezar, les diré que en mi peregrinaje de ayer por la mañana no dejé ni un solo momento de sentirme un personaje de una novela de Kafka; es decir, atrapado sin remisión en un engranaje de papeleos absurdos cuya única finalidad es que mucha gente tenga algo que hacer para así olvidarse de que se está muriendo... como por otro lado es el noventa y nueve con nueve de los trabajos actuales que, ya, merced a los avances tecnológicos, nada tienen que ver con la supervivencia... o sea, que el asunto de la manduca no representa ni siquiera el uno por ciento del producto interior bruto de cualquier país medianamente desarrollado. Hoy día, lo que se considera riqueza es poder estar entretenido con chorradas que te hagan olvidar que todo lo que está vivo ineludiblemente se está muriendo.  

Por supuesto que todas las personas que me atendieron en los diferentes lugares eran del género femenino. Eso sí, todas muy bien trajeadas, con la pretensión, supongo, de querer camuflar sus morbideces... lo que llaman el eterno femenino. Comparo a esas pobres mujeres con mi madre, que era ama de casa, y me doy cuenta de cómo han degradado su vida. En realidad, juraría, en esa degradación estriba el gran problema social que los partidos políticos se empeñan en solucionar por medio de los más estrambóticos remedios. Si esas pobres mujeres estuviesen en su casa reinando sobre su prole, se acabarían los problemas; si no todos, al menos, los que de momento tienen a la apestosa clase política tirándose los trastos a la cabeza los unos a los otros. 

¿Pero cómo no se dará cuenta la gente de que lo que se dio en llamar liberación de la mujer ha sido un fracaso histórico de proporciones morrocotudas? A la postre, lo único que se ha conseguido es generar una cascada de resentimientos que se nos está llevando a todos por delante. Es el típico resentimiento de quien se siente engañado sin ser consciente del cómo ni del porqué lo ha sido. Por eso disparan a voleo, buscando chivos expiatorios a diestra y siniestra. Da hasta risa escuchar esos alegatos que echan algunas, las más lideresas, por las redes sociales. ¡Por Dios bendito, qué incultura! 

Toda esta mierda que nos anega es a causa de que las mujeres están en donde no deberían estar. Si todo ese papeleo lo tuviesen que hacer los hombres ya hace tiempo que se hubiera simplificado porque está en la naturaleza de lo masculino buscar efectividad fuera de casa, lo mismo que lo está en lo femenino buscarla dentro: son los mecanismos encaminados a facilitar la conservación de la especie. No, convénzanse, las mujeres sirven para lo que sirven, que es lo más sagrado. Los hombres, por contra, estamos para lo mundano. Trastocar esos papeles solo trae problemas irresolubles... como el que tengo yo en la mandíbula desde que una mujer se puso a sacarme una muela y, como no tenía fuerza suficiente, hizo palanca y me la descoyuntó, de resultas de lo cual tendré que morir con ese alifafe que me obliga a comer con un cuidado extremo y sujetándome la mandíbula no se me vaya a desencajar y vea las estrellas. ¿Por qué coño tiene que ser dentista una mujer? ¿Es que no hay hombres suficientes para ese oficio que requiere, no solo habilidad, sino también, y sobre todo, fuerza en las manos?     

En fin, ya les digo, lean a Kafka y comprenderán un poco mejor este mundo.