He leído en algún sitio, o he escuchado a alguien, da lo mismo, porque lo que cuenta es que no se trata de una conjetura, sino de un hecho constatable: en muy pocos años, menos de diez, el número de discotecas en España ha disminuido en un sesenta y tantos por cien —de cinco mil y pico a mil y pico— y, el de bares de copas, un poco menos, pero también está en franco declive. Eso supone, sin la menor duda, un cambio significativo en las costumbres de la gente que va a alegrar la vida de muchos vecinos que vienen sufriendo desde hace muchos años los desagradables efectos secundarios de la industria del ocio nocturno.
Lo del ocio nocturno, por así decirlo, tiene sus perendengues. Porque, en principio, debiéramos suponer que la noche se hizo para reponerse de las fatigas del día y, si bien lo consideramos, el ocio en general, y el nocturno en particular, es cualquier cosa menos descanso. Así que, una de dos, o bien el que practica el ocio nocturno es porque, o no trabajó, o el trabajo del día no le cansó o, por contra, que sí que le cansó, pero dejando un mal sabor de boca que pide resarcimiento so pena de enfermar el alma. En definitiva, sea por lo que sea, millones de personas se entregan, o se entregaban, cada noche a ese intento de llenar el vacío interior que es la insatisfacción existencial por el espurio procedimiento de modificar con sustancias químicas la percepción de la realidad... el famoso soma que decía Aldoux Huxley en su famosa novela El Mundo Feliz. La chusma socialista suele llamar «socializar» al ingerir soma.
Yo también tuve mi lote de esa necesidad. Por lo que sea, quizá porque mandé a paseo el trabajo que me estaba pudriendo el alma, colmé pronto esa necesidad y empecé a sentir el hábito de la vida nocturna más como una tortura que otra cosa. Las relaciones sociales me hicieron incurrir ocasionalmente en esa equivocación, pero cada vez menos y, a una edad relativamente temprana, para lo que se estila, ya estaba totalmente entregado a mis negocios que, como la propia palabra indica, son la negación del ocio.
De todas las maneras, lo que no creo que haya cambiado, ni vaya a cambiar nunca, es la necesidad de soma, porque mi impresión es que cada vez hay por ahí menos negocios propiamente dichos, o sea, capaces de proporcionar un sano relajamiento del espíritu. Así que, supongo que el ocio nocturno habrá sido sustituido por otro tipo de degradación espiritual que, por el momento, parece que está dejando dormir a los vecinos... y eso es lo que cuenta.
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