"Dejando aparte estos asuntos literarios, que no interesaban tanto a don Juan Guevara como a Thierry, hablaron de los amigos de la tertulia de don Paco y de Montes Plaza, por quien el doctor tenía marcada antipatía.
—Yo no me fiaría de él.
—Yo tampoco; no pienso tener con él más que relaciones muy superficiales.
—Ese hombre, dijo el doctor, es de esos terribles demócratas que son egoistas como pocos. Hacen que su madre se pase la vida en la cocina y la hermana les cosa la ropa y les espere si vienen tarde. Son tremendamente demócratas en la calle; ahora, en casa, son tiranos.
El doctor Guevara era un tanto dogmático y arbitrario, de los que creen que el árbol malo no puede dar buen fruto.
Luego hablaron de Dobón y de su nietzscheanismo.
—El amoralismo nietzscheano, que consiste en hacer lo contrario de las reglas de la moral, es un poco absurdo —dijo el doctor—. El amoralismo auténtico sería ser, como un animal o como un vegetal, indiferente a las normas éticas, pero esto es muy difícil.
Thierry no creía gran cosa en el amoralismo preconizado por Nietzsche; pero, en cambio, algunas frases del autor de «Zaratustra» le encantaban. Una de ellas era la recomendación de vivir en peligro. Vivir en peligro era vivir sin lugares comunes, dispuesto al ataque más que a la defensa, con el gusto del heroísmo, en una renovación constante y en un ambiente denso y oxigenado.
—No hay que quemar pronto la vida en un ambiente demasiado oxigenado —dijo el doctor Guevara—: hay que reservarse.
—Nunca el ambiente es demasiado oxigenado —replicó Thierry.
—Eso se cree en la juventud, pero después...
—Después se muere uno con... decencia en un rincón.
—También esa es una idea de juventud. El día que se sospecha y se comprueba que el valor no es una consecuencia de una convicción, sino del estado de los nervios, está uno perdido.
Volvieron de nuevo a la calle de Alcalá, se despidieron por fin, y Tierry y el doctor marcharon cada uno a su casa."
Para mí, la prosa de Baroja es de tal intensidad que, como se dice ahora, me vuela la cabeza. En este pequeño pasaje de "Las Noches del Buen Retiro" que he transcrito, de tela para cortar, hay toda la que ustedes quieran:
Empecemos por lo del egoísmo de esos terribles demócratas. Ya, para entonces, entre los siglos XIX/XX, se habían dado cuenta los avispados de la terrible mandanga que es esto de la democracia. Es imposible concebir mayor, pero, sobre todo, más estúpida hipocresía. Por muy ciego que uno esté, si se para a mirar lo que desde el punto de vista político tiene a su alrededor, no verá otra cosa que la tiranía de las mafias. Un problema que, por cierto, no ha hecho otra cosa que ir a más desde que empezó esta mandanga sustentada en el mantra de que el Estado tiene el monopolio de la violencia. ¿Por qué en vez de violencia no dicen tiranía y así acaban antes? La tiranía de los débiles, es decir, del rencor y el odio, como tan acertadamente supo ver Nietzsche. No creo que pueda haber cosa más repugnante que ver a los débiles imponer su orden. Agarren los libros de Petronio o Juvenal y ahí verán cómo se va todo por el desagüe cuando los débiles, mariquitas y demás, están a los mandos de la nave.
Y ya puestos, vamos con Nietzsche y su sambenito del amoralismo. ¿En que consistía ese amoralismo? Pues muy sencillo, en poner al descubierto los trucos de los débiles para imponerse sobre los fuertes. El débil tergiversa las exigentes leyes no escritas del cielo para ponerlas a su medida y, luego, llama a eso moral y se atrinchera tras ello. Son los moralistas a toda ultranza. No hay más que escuchar un telediario de una televisión cualquiera —el que tenga estómago para ello— para constatar tal nauseabunda realidad: todo está sustentado en la falsa moralidad de los débiles. ¡Sí lo sabré yo, que lo he sido toda la vida y por más que lo he intentado no he conseguido zafarme de ese corsé! A lo más que pude llegar es a sentir vergüenza de mí mismo cuando me veo retratado en lo que desprecio... y menos mal que, por lo menos, no me vacuné; y por eso estoy agradecido a estos gobernantes que, sin ellos saberlo, me dieron esta oportunidad de oro para reconciliarme, aunque sea mínimamente, conmigo mismo. Sí, Zaratustra: al fin comprendí lo que quiere decir eso... demostrar que tienes un par de cojones, como dice el vulgo.
Es cuestión de valentía y no de juventud, como pretende el conservador Dr. Guevara. Ese conservadurismo disfrazado de escepticismo que no es más que cobardía. De eso hay hasta en la sopa. ¡Qué asco me da! Mejor se retira uno a su cenobio... a ver pasar las primaveras como las imágenes eróticas pasan por el alma acerada de un cenobiarca, que diría Ortega... raudas, instantáneas y excesivas.
Y, después, morir con decencia en un rincón.
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