Ayer se habían colado unos delfines en la dársena del Pesquero y el fortuito acontecimiento parecía tener una importancia decisiva para unos mórbidos que andaban por allí paseando al perro. Me pregunto por qué demonios será que la gente come tanto... aunque éste es otro asunto.
Aquí, en España, la pudrición animalística comenzó con un tipo que hablaba muy seguro sacando fáciles conclusiones, un tal Félix Rodríguez que, como no hubiera podido ser de otra manera, era médico. Hasta que semejante cretino empezó a tener tan desproporcionada presencia mediática nuestra relación con los animales, digamos que era de lo más natural. Los niños en el pueblo teníamos, como siempre a lo largo de la historia de la humanidad había sido, a la caza y a la pesca como dos de los puntales del aprendizaje profundo de la vida. Teníamos una noción bastante clara de los animales que andaban por allí y, sobre todo, para qué servían.
La cosa se agravó bastante cuando el cretino en cuestión -Dios castiga y no da voces- se mató en un accidente de avioneta, allá por Alaska, cuando andaba sacando fotos de animales que corrían asustados por el sonido de los motores. Y ya saben lo que pasa con estas muertes trágicas de personas todavía jóvenes y en pleno rendimiento, que automáticamente se mesianizan. Entonces, ya la tuvimos montada. Su nefasta influencia se multiplicó por millones. Claro, si la población hubiese seguido siendo mayormente rural todo hubiese quedado en nada, pero al ser cada vez más urbana, por nostalgia de un pasado feliz o lo que sea, lo que dicen natural se ha mitificado hasta dar náuseas. Lo natural para los urbanitas es, como supongo sabrán, lo que Walt Disney estipula como tal... animales que hablan y todo eso.
Y en esas estamos, hablando con los animales lo que no hablamos con las personas. Hablando con los animales para darles la razón, claro está, porque de lo contrario te la juegas... se te ocurriese dar una patada a un perro que te anda molestando y no durabas vivo dos minutos. En fin, ustedes verán lo que hacen, pero lo que es a mí, los animales, si me los sacas del plato, no me dicen absolutamente nada que no me diga una piedra. Cosas que hay ahí para que te sirvas de ellas.
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