domingo, 24 de julio de 2022

Lucubrando

Volviendo a la erudición de la sensibilidad que decíamos ayer, cómo iba yo a poder maravillarme escuchando a Lucie Horsch tocando la flauta de pico si no hubiese sabido restringir el ámbito de mis pesquisas para poder profundizar en él. Porque esa es la cuestión que, después de muchos años de intentarlo, al final, he conseguido darme cuenta de cuándo un músico es realmente sobresaliente con solo escucharle tocar cualquier cosa un par de minutos. Porque, bien tocan un montón de ellos, e, incluso, el público les aplaude a rabiar porque ya sabemos lo que es el público, pero con ese punto, digamos que divino, tocan cuatro gatos y lo captan ocho. 

Ya sé que suena a presunción, pero me importa un rábano. Si uno no dice lo que piensa por no ofender a todos los sensibles pantomimas full estaría haciendo un flaco servicio a la humanidad. Hay que decir las cosas como son, o sea, que la inmensa mayoría fingimos entender de todo pero no entendemos de prácticamente nada. Sólo algo de aquello a lo que hemos dedicado miles de horas de estudio... porque con la contemplación, como se pretende, no se saca nada en limpio. 

Sí, esa es la tragedia del ser humano, que no puede hacer otra cosa que fingir que sabe para no derrumbarse. Porque si de algo la naturaleza no nos dotó es de humildad que sería a las cualidades humanas lo que el oro a los metales. O sea, escasísimo. Por eso es tan difícil reconocerse en lo que se es. Y más difícil todavía, caso de reconocerse algo, no querer vengarse de los dioses por el maltrato recibido. Porque pareciera que si algo no quieren ser los dioses es socialistas y por eso es que unos tanto y otros tan poco. 

En fin, disculpen mis lucubraciones sobre la condición humana, pero es que uno nunca acaba de admirarse con los subterfugios que somos capaces de inventarnos con tal de poder aguantar el tirón de la vida.    

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