Resulta realmente asombroso hasta qué punto puede llegar uno a reconocerse en los escritos de otro. Pero es que, ya, si es en la estación veraniega, ese reconocimiento llega a punto y medio. Veamos:
"El aislamiento me talló a su imagen y semejanza. La presencia de una persona -basta una sola persona- me retrasa de inmediato el pensamiento y, mientras que en el hombre normal el contacto con los otros es un estímulo para la expresión y para la palabra, en mi ese contacto es un conta-estímulo... Soy capaz, a solas conmigo mismo, de idear innumerables dichos, respuestas rápidas a lo que nadie preguntó, fulguraciones de una sociabilidad inteligente con ninguna persona; pero todo eso se me desvanece si estoy ante un otro físico, pierdo la inteligencia, dejo de poder hablar, y, al cabo de unos cuartos de hora, sólo siento sueño. Sí, hablar con la gente me da ganas de dormir. Sólo mis amigos espectrales e imaginados, solo mis conversaciones sucedidas en sueños, tienen una verdadera realidad y una relevancia justa, y en ellos el espíritu esta presente como una imagen en el espejo.
Me apesadumbra, por otra parte, la sola idea de ser forzado a un contacto con otro. Una simple invitación para cenar con un amigo me produce una angustia difícil de definir. La idea de una obligación social cualquiera -ir a un entierro, tratar con alguien de algo de la oficina, y a esperar a la estación a una persona, conocida o desconocida-, solo esa idea me perturba los pensamientos de todo un día, y a veces empiezo a preocuparme desde la misma víspera, y duermo mal, y el caso real, cuando ha pasado, es absolutamente insignificante, no justifica nada; y el caso se repite y yo no aprendo nunca a aprender."
Eso es todo.
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