sábado, 23 de julio de 2022

Rielando

El paseo que bordea por su lado norte la dársena del Pesquero es en estas noches templadas el lugar más apacible que uno se pueda imaginar en estos tiempos de pantomima full. Apenas andan por allí cuatro perrólatras y algún viejo despistado más la ringlera silenciosa de pescadores que nunca pescan nada. Llego hasta el fondo, donde están los tinglados, y veo salir por un resquicio que hay en la verja del puerto a un nutrido grupo de negros que regresan de faenar. Al volver me siento en un banco y contemplo el panorama. Miles de focos de todos los colores como pequeñas lunas rielando sobre el agua vinosa. Al poco de gozarlo me embarga la melancolía que, para que nos entendamos, es como una tristeza placentera. Por mí, me quedaría allí para siempre, lejos de la ciudad turística que se divierte por obligación. 

Sí, por obligación, la más penosa de todas las diversiones, celebrar sin motivo. Porque, qué motivo tiene la gente para celebrar qué si nada extraordinario se produce que no se produzca todos los días. Escucho que a lo lejos suena una mascletá. A la valenciana. No hay imbecilidad que no se copie. Que sentido tiene ese ruido infernal. Como si los muertos se pudiesen despertar. 

Vuelvo a casa y enciendo la tele porque sé que en el canal de la Iglesia está poniendo una película de John Ford. De las guerras con los indios. Siempre es lo mismo, las atrocidades de los necios que están al mando contra el sentido común de los negacionistas. Al final, después de mil peligrosas peripecias el sentido común se impone y parece que todos los desastres habidos se borran de la memoria cuando el chico besa a la chica. Supongo que como la gente ya no va a misa, la Iglesia ha decidido suministrar este sustituto que, a la postre, puede ser más efectivo para promocionar los valores implícitos en las tablas que Moisés bajó del monte. Y también los de la caballería andante que es como otra vuelta de tuerca a lo de Moisés. Es muy probable que, dentro de unos miles de años, cuando la figura de Jesús se haya borrado por completo, todavía esté fresca la imagen de John Wayne. Porque al fin y al cabo, qué posibilidades de triunfar tienen esos valores si no hay una mano firme que apoye a la fuerza de la razón. Bueno, en la Biblia, los ángeles que manda Dios a poner orden también llevan espada. 

Y así, en estos días que corren, lo preceptivo es ponerse un pañuelo azul al cuello para que parezca que los pinchos y las cañas de todos los días saben diferente. Los vampiros, ya se sabe, gozan de una gran imaginación. Por mi parte, ya puedo, aunque balbuceando, tocar el scherzino mexicano. ¡Qué más podría pedir a la vida!

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