La verdad es que el scherzino mexicano me está resultando complicado. Pero daré con él. No por nada sino por esa voluntad cerril que se desarrolla en los músicos. Supongo que es por la intensidad del deseo, por el narcisismo, por lo que sea, pero no puedes parar hasta que sientes que has llegado a tu límite... da igual lo limitado que sea. En lo personal, puedo asegurarles, que no puedo concebir una experiencia más íntima.
Por lo demás, de poco me sirve intentar mantenerme al margen. El eco de los clarines de guerra se cuela por los resquicios que le es imposible tapar a la censura. Nuestra moneda se desploma y ya nos avisan que el próximo invierno pasaremos frío. Y tal vez hambre. Ya ven, lo que parecía imposible ha dejado de serlo y ya es hasta probable. Todo este desastre, como obedeciendo a un plan preconcebido. Aunque, a qué engañarse: seguramente no es más que el que, así, como vivimos, no es del agrado de Dios. Y nos va a mandar un diluvito para que espabilemos. Lo de siempre, vamos.
Me lleva María a la playa y vengo echando pestes. Ya solo con llegar allí y dar un ligerísimo toque a un coche al aparcar hemos tenido un altercado con una chona de Cueto. Seguro que la tipa estaba encabronada de solo pensar que tenía que ponerse el traje de baño. Y es que esas filosofías socialistas de que todo el mundo tiene derecho, etc., etc... pues no, mire usted, lo siento mucho pero no funciona en absoluto. La gente se acompleja un montón con sus irregularidades físicas y cuando quiere hacer como si no pasase nada sufre una barbaridad. Cuanto mejor para una chona hurtarse a las miradas quedándose en casa ayunando.
El asunto ese del sobrepeso. Lo comentaba con María. Mira a ese. Y ese. Y ese otro... es un porcentaje abrumador. Con lo sencilla que es la teoría: solo hay que dejar de comer. La práctica por lo visto es otra cosa. Es como si hubiese una necesidad imperiosa de afianzarse por procedimientos que Dios reprueba. Fundamentalmente las celebraciones sin motivo que las justifiquen. Cumpleaños, ergo tarta de Mercadona. Si eso no es pulsión suicida... y luego, claro, encabronada porque no puede ir relajada a la playa.
En fin, el otro día se empeño María y fuimos a celebrar mi cumpleaños al Pesquero. Nos pusimos ciegos. Cayó una botella de albariño. Vinimos para casa dando tumbos y como unas castañuelas. Claro que no sé como hubiera sido si en vez de una vez cada ochenta lo celebrásemos todos los años. Seguramente estaríamos hastiados.
Bueno, me voy a poner con el scherzino.
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