Reconozco que la lectura de Pessoa me dispara. Y con los años, en vez de disminuir, parece que aumenta la distancia que alcanza el proyectil. Me envía a las quimbambas del espíritu. Es como si me contagiase su fiebre, porque todo es febril en él, incluido su impostado desapego de la vida. Porque, si no, de donde le sale esa continua necesidad de ser varios a la vez.
"Compruebo que, unas veces alegre, otras contento, estoy siempre triste. Y lo que en mí comprueba esto está detrás de mí, como apoyándose sobre aquel que de mí está recostado en la ventana, y, por encima de mis hombros, o hasta mi cabeza, observa, con ojos más íntimos que los míos, la lluvia lenta, un poco ondulada ya, que afiligrana de movimiento el aire pardo y malo."
Ver el mundo y verse a sí mismo viendo el mundo, todo es uno. Un verdadero galimatías para los estudiosos de la personalidad. Aunque, posiblemente, no haya mucho más allá de la fiebre inducida por el alcohol o la tuberculosis. Morir a los cuarenta y tantos con un hígado como a una pella de mantequilla no lo es por azar. Es la consecuencia directa de la necesidad de fiebre para que la vida adquiera algún sentido... aunque solo sea en los ratos que escribo, o quiero describir, dice, lo que se siente cuando se siente que existes, que el alma es un ente real.
Muchas veces he tenido fiebre, más de la inducida que de la reactiva, bien seguro, Y he sentido bullir las ideas en mi cabeza. Como teniendo la sensación de poder abarcar el mundo. A veces he querido plasmar en el papel todo ese desiderátum, pero el resultado ha sido demoledor. Abarcaba el mundo, el mío, pero con escasa inteligencia. Y eso es todo, la inteligencia. Tan escasa. De lo contrario, con toda la fiebre que nos inducimos por los más diversos procedimientos, ni te digo lo divertido que iba a ser esto.
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