viernes, 20 de enero de 2023

Baroja

Sigo con lo de La Ciudad de La Niebla y, si cabe, mi admiración por Baroja crece. Es como si fuese yo mismo matándola por aquellas calles de Londres, sin nada concreto que hacer que no fuese fisgar y, luego, al atardecer, las conversaciones con los huéspedes de aquel hotel de Wimbledon en el que me alojaba. Aquel jubilado, Mister Thornton, que había trabajado en todos los países del imperio, y que, a veces, después de cenar, me invitaba a dar un paseo por Hampton Court. Durante la cena se había dedicado a sustraer rebanadas de pan para echárselas después a los patos que había en los estanques del castillo. Cosas así, cuenta Baroja. 

La novela se desarrolla en los principios del XX. Inglaterra está por entonces en la cúspide de su poderío. Y ya hay allí unas extensas clases acomodadas, ilustradas y desocupadas, que se dedican a pasear su angustia existencial, lo que, a la postre, es la madre de todas esas conversaciones con ínfulas de interesantes por más que poco se diferencien de las que mantienen entre sí las porteras. Como no podría ser menos, mucho asunto de entrepierna, convenientemente disimulado tras diversas capas de cultura psicológica, sociológica, y demás ciencias blandas tan del gusto de los que aprenden alternando. 

En el fondo, y en la superficie, Baroja es un cronista de la inevitable decadencia de los que nacen ricos. Una decadencia pintoresca, como no podría ser de otra forma. Gente que siempre ha leído un par de libros a los que no tenía derecho para poder fardar en las reuniones de ociosos, ya sea en las anodinas que tienen lugar por las noches en las Plazas Cañadío de cualquier ciudad del mundo, ya sea en las pretenciosas que hacen anualmente en los Davos de turno aquellos a los que se les ha subido a la cabeza dos o tres buenas rachas que tuvieron. Y no hay más. 

En resumidas cuentas, todo es la visión del artista. Otro cualquiera que se pusiese a relatar semejantes vulgaridades nos daría la tabarra, pero Baroja, como hace Buñuel en sus películas, nos hace fijarnos, como el que no quiere la cosa, en tal cantidad de pequeños detalles significativos que por nosotros mismos seríamos incapaces de ver que es inevitable quedar colgado... que es como estoy. 

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