Nos ponemos a ver El Ladrón de Bicicletas. La pasan en la televisión de la Iglesia. Aguantamos cinco minutos. Bien es verdad que antes nos hemos tragado la catarata de elogios que unos vejetes han destilado por su boca. ¡Leches!, me digo, ¿es para tanto? Es recién acabada la segunda mundial y el pueblo llano lo está pasando mal. ¿Qué hay de particular en ello? Eso que llaman neorealismo. ¿Por qué neo? Para crear una marca, supongo. Así se vende mejor. ¡Apesta a propaganda! De la ideología de marras.
Comprendo que soy un viejo cascarrabias, pero a mí no me la dan. Entre la catarata de elogios y el comienzo de la película nos endosan el anuncio de una ONG que pide dinero para los niños de Ukrania que están soportando una guerra que ya dura demasiado. ¡Oye tío, vete a pedírselo a esos mafiosos que están mandando armas a los ukranianos para que puedan seguir golpeando su cabeza contra un muro de piedra! ¿O es que alguien puede ser tan tonto como para albergar la menor esperanza de que con esas armas se va a conseguir algo que no sea prolongar la agonía?
Es todo un sinsentido y el único enigma a dilucidar es si estos gobernantes que tenemos toman las decisiones que toman porque son subnormales o, bien, unos sinvergüenzas que tratan de esconder una metedura de pata provocando una de mayor calado... procedimiento que como todos ustedes saben funciona muy bien cuando la cosa va de comedia, pero fatal cuando lo que nos traemos entre manos es más tirando a tragedia.
En definitiva, que lo suyo es evadirse de todo tipo de contacto con la propaganda por cualescualquiera procedimientos que me pudiera alcanzar. Claro que no hay que hacerse muchas ilusiones al respecto porque el bombardeo es omnipresente. Habría que ser Houdini para desatarse esas cadenas.
Por lo demás, salgo a ver amanecer sobre la bahía. Al fondo, por el sable de Somo hay una nube de bruma que supongo han formado las olas al romper. Será porque hay temporal en el Cantábrico, me digo. En cualquier caso, el espectáculo en su conjunto es éblouissante. La cordillera, en frente, es tan nítida que casi está al alcance de la mano. Es ese milagro óptico que produce el viento del sur. De regreso, entro en La Valenciana y compro mandarinas y peras. Me ha importado todo 2,33 €. Sin duda, la situación todavía no es desesperada.
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