lunes, 23 de enero de 2023

Londres

 "... en el barrio donde habitaban, la combinación de la niebla y el humo era horrible y malsana; la calle estaba siempre sucia, mojada, pringosa. Muchas veces esta niebla olía mal, a hidrógeno sulfurado, y parecía que se habían reventado todas las alcantarillas del pueblo.

... cerca de la casa de María y de Natalia, unos mendigos solían esperar en fila, arrimados a una tapia, el momento de entrar en el asilo; algunas viejas salían de la taberna e iban borrachas apoyándose en las paredes; otras, envueltas en mantones raídos, de cuadros blancos y negros, o en toquillas rotas, con viejos sombreros enormes comprados en cualquier trapería, charlaban en las aceras aguantando la lluvia. 

Por todo el barrio, en las casas y en las tabernas, se oían riñas y disputas. Los hombres pegaban a las mujeres y a los chicos con una brutalidad terrible. Era triste ver en medio de esta civilización tan perfecta en tantas otras cosas, que se maltrataba a los niños como en ningún pueblo del mundo."

Baroja, cuando acababa una novela, se iba por ahí a buscar inspiración para la próxima. No sé cuánto tiempo permaneció en Londres, pero desde luego que le sacó partido. Y, también, a la vuelta a Madrid, debió tener que ir corriendo al zapatero a echar medias suelas a todos sus zapatos. ¡Madre, mía, lo que pudo llegar a zapatear aquel hombre! Porque, yendo en un cab, es imposible captar tantos detalles. 

Les he transcrito una muestra de esos detalles. Y no es que no describa ambientes elegantes y, sobre todo, productivos, Pero a Baroja se le nota la querencia por lo que pudiéramos llamar realismo sucio. Por todas las partes ve miseria y, donde no la hay material, la encuentra moral. Solo se salvan los anarquistas desengañados, a los que describe como una especie de congregación de santos dedicados a la filantropía. 

Todos esos barrios que describe, yo los pateé bien pateados sesenta años o así después que él lo hiciese y, homeless borrachos sí que vi unos cuantos, pero, por lo demás, lo que había allí era una actividad muy ordenada y yo diría que pulcra. Recuerdo ese barrio donde vivían María y Natalia porque fui un par de veces con mi novia a visitar a un valenciano, pariente lejano suyo, con motivo de habernos quedado sin fondos. Como el valenciano de la novela, este también se dedicaba a la importación de cítricos. Se le veía boyante y amable por los cuatro costados. Nos proveyó de metálico y nos citó para tomar el café en su casa el próximo fin de semana. Vivía en un piso frente a la estación Victoria que era la quinta esencia de lo inglés, o sea, caoba y cuero para parar un tren. 

El caso es que recuerdo todo aquello con nitidez porque ir allí a pedir dinero me supuso una humillación insoportable. En general lo pasé fatal durante aquella estancia en Londres. Aprendí algo de inglés y visité museos y asistí a conciertos. Y vivía en un hotelito en Wimbledon donde me trataban con amabilidad. Pero no me podía quitar de la cabeza el dinero que estaba pidiendo a mi padre. Pasaba por delante de los escaparates donde había anuncios solicitando personal y me desgarraba por dentro por mi falta de valentía. Una vez abandoné el hotel y me fui a un albergue y me fue imposible aguantar más de una semana. Una noche, en la sala de sofás desvencijados que había en la planta baja hubo una trifulca entre yorubas y biafreños que me dio la excusa para regresar al hotel con el rabo entre las piernas. 

¡Qué tiempos aquellos, madre mía! No me extraña nada que me gustase tanto Baroja. Nada le consuela tanto al que está mal como que alguien le confirme en la idea de que hay miseria por todas partes, y, sobre todo, por lo que me tocaba, la de cariz moral que exhibe la burguesía. No era feliz compartiendo la felicidad a mi alrededor. La veía impostada y, sobre todo corrupta. Lo cual no me impedía aprovecharme con la correspondiente carga de culpabilidad. Por fortuna, nada más regresar de Londres comencé a hacer la especialidad en régimen de internado y, con ello, me liberé de toda dependencia económica. 

En fin, la vida, me faltó valentía. 

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