Esta noche, tal parecía que íbamos en un barco y crujían las cuadernas. Ha sido hacia las tres cuando más ha arreciado el temporal. Supongo que son las cosas del cambio climático que le dicen. Porque es que, aquí, o no le alumbramos o le quemamos, al santo quiero decir. Aunque, tengo que decir que, en mi ya largo recorrido, respecto del clima, las he visto de todos los colores. Así que no me parece que todo este rimbomborio que se traen las autoridades con lo de la huella de carbono y demás, sea otra cosa que la típica excusa para seguir extorsionando... porque es que les sacas de ahí y no saben hacer otra cosa.
El caso es que, como, por un lado, no se puede salir a escampar la boira y, por otro, estoy un poco cansado de las jeremiadas bíblicas y los combates a tota ultrança de Tirant, por no hablar de las excavaciones pessoanas, he decidido echar mano de mi nunca extinguida pasión barojiana y me he trasladado con el Dr. Aracil y su hija a La Ciudad de la Niebla.
La Ciudad de la Niebla es la tercera de una trilogía en la que se utiliza como palo de paller argumental un atentado que los anarquistas le hicieron en Madrid al rey el día de su boda, con resultado de varias personas muertas y el rey con un susto de muerte, pero ileso. Por una serie de malabarismos novelescos, el ilustrado Dr. Aracil se ve involucrado en la trama anarquista y tiene que huir. Así es como recala en Londres que es tanto como decir el mismísimo centro del mundo en aquellos días que corrían, recién comenzado el siglo XX.
Me imagino que lo que siempre me ha gustado de Baroja es la facilidad. Es como si no tuvise que hacer el menor esfuerzo para escribir. Cuenta las cosas como te las contaría si estuviese hablando contigo. Me recuerda a ese poema de Bukowski titulado: ¿Así que quieres ser escritor?. Si no te sale ardiendo de dentro, / a pesar de todo, / no lo hagas.
En resumidas cuentas, Baroja, Londres, la escritura... ¡Qué vida esta!
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