Tendría que darme un respiro. Pero no sé cómo hacerlo. Quizá bastase con un poco más de vida al aire libre. Sí, pienso que ese sería un buen comienzo. Salir por ahí a escuchar a los pájaros. Tambíen, para acompañarles, podría llevar la guitarra y sentarme en un banco a aporrearla. Al fin y al cabo siempre soñé con ser un músico callejero y nunca me atreví a ponerlo por obra. Éste podría ser un buen momento. Ya veremos.
Miro la estantería y veo los seis volúmenes de trescientas páginas que son una buena parte de mi trabajo desde que abandoné por última vez Barcelona, ya va para quince años. Me podría sentir orgulloso, pero no puedo. No soy de ese tipo de gente. Como era El Orgulloso de las Landas, que andaba por ahí a ver qué podía levantar por aquello de consolarse de un mal trance amoroso. Lo siento, no es mi caso.
Más que de orgullo, uno es de vanidad. O narcisismo, si mejor quieren. Lo que pasa es que me controlo. Me lo se guardar para mí. En cualquier caso, si algo tuviese que decir al respecto, sería que estoy contento. Contento del resultado de mi tesón. Porque es que, además, poco tuve que sufrir y mucho que gozar con ello. Claro que ya venía con músculo. Por ahí tengo un cajón en el que guardo otra media docena de tomos que fui fabricando desde un ya lejano día que decidí mandar al carajo el trabajo para el que me había formado. Un buen trabajo, desde luego. Y también una tumba.
Por lo demás, si los dioses me lo conceden, seguiré añadiendo tomos. Porque escribir es mi forma de meditar. No puedo concebir otra.
No hay comentarios:
Publicar un comentario