Ya he contado unas cuantas veces como, estando un día, después de comer, reclinado en mi sillón y mirando la CNN, pude ver todo el asunto de las torres gemelas de New York. Una de las torres echaba humo y el locutor hacía diversas interpretaciones. En esas estando, apareció un avión en pantalla y fue a embestir contra la otra torre. Se disiparon las dudas: se trataba de un atentado terrorista.
Otro día, bastantes años antes, estando en mis quehaceres matinales en el hospital alguien vino a contarme que habían hecho volar el coche de Carrero Blanco, a la sazón heredero natural de un Franco ya en las últimas: otro atentado terrorista.
Tanto uno como otro atentado muy pronto tuvieron su relato oficial que nadie por muy loco que estuviera se habría atrevido a cuestionar. Si uno fue obra de psicópatas islámicos, el otro de no menos psicópatas vascos. En cualquier caso todos sabemos de la perfección con la que los psicópatas suelen realizar sus malévolos designios. Los dos atentados, en efecto, fueron obras maestras en su género.
Otro día, viviendo por entonces retirado en la Serralada Central, me llegó la noticia de la escabechina habida en los trenes de cercanías de Madrid. Me hizo llorar. Aquella vez no fue tan fácil cuadrar el relato. Parece ser que los ejecutores fueron unos delincuentes marroquíes, pero como se entrecruzaron diversos intereses políticos, todavía, hoy día, hay mucha gente que no se cree la versión oficial.
El problema es que dadas las circunstancias por las que venimos pasando, ya casi va para tres años, es muy difícil ya creerse cualquier cosa que te digan desde las instancias oficiales. Y, entonces, empiezas a pensar. ¿Pero cómo puede ser que unos chavales fanáticos puedan llevar a cabo algo como lo de las torres gemelas? No sería más lógico pesar que detrás de ellos tenía que haber algún poder de esos que llaman fácticos por aquello de su cariz inapelable. Y con lo de Carrero Blanco, tres cuartos de lo mismo. Una cosa es poner bombas y otras crear una infraestructura que precisa una logística muy sofisticada.
Por otro lado, leyendo a Baroja, te enteras de cómo los servicios secretos de los estados utilizan a los psicópatas para generar terror entre la población. La teoría es elemental: a una sociedad atemorizada se la maneja con un dedo. Y así es como, cada vez con más insistencia se levantan voces que afirman que lo de las torres fue cosa de los servicios secretos, como lo de Carrero, como lo de los trenes... y, desde luego que parece conspiranóico, pero como acabamos de ver lo que acabamos de ver, pues, uno, como que ya no sabe que pensar de nada.
Bueno, sí, de una cosa sí que estoy seguro, y eso es de que, al poder, cualquier tipo de poder, no le cuesta nada sacrificar una pequeña porción de sus posesiones si piensa que con ello se va a afianzar. Por ejemplo, ¿Qué son tres o cuatro mil personas para un poder como el estadounidense? Cientos de veces han sacrificado a muchos más miles en todas las guerras inútiles que han promovido.
Y eso, por no hablar de lo de la dichosa pandemia. ¿Quién con dos dedos se lo puede creer? Y esa obsesión con la vacuna... ¡Pero si es una enfermedad que caso de existir es una enfermedad de mierda! Y, ahora, esa contumacia con la que se tratan de ocultar los efectos adversos de las vacunas. ¿Qué puede haber detrás de eso que no sea aterrorizar para mejor manejar a las masas? ¡Qué mundo éste, Dios mío! ¡Con lo bien que se está sin saber nada de nada!
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