Soy una vieja máquina escacharrada. Me mire por donde me mire solo encuentro piezas desgastadas para las que no hay recambio. No sufro por ello porque siempre viví con la conciencia de que no puede ser de otra manera. ¡Ay, Quevedo, con todo lo que de niños nos reíamos con tus gracias y desgracias del ojo del culo! Y, sin embargo, ahora:
¡Ah de la vida!... ¿Nadie me responde?,
¡Aquí de los antaños que he vivido!
La Fortuna mis tiempos ha mordido;
Las Horas mi locura las esconde.
¡Que sin poder saber cómo ni adónde
la salud y la edad se hayan huido!
Falta la vida, asiste lo vivido,
y no hay calamidad que no me ronde.
Ayer se fue; mañana no ha llegado;
hoy se está yendo sin parar un punto;
soy un fue, y un será, y un es cansado.
En el hoy y mañana y ayer, junto
pañales y mortaja, y he quedado
presentes sucesiones de difunto.
Y en los sucesivos entretantos que me van quedando:
Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.
Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
o enmiendan, o fecundan mis asuntos;
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.
Se acuerdan de aquel en el que Quevedo iba en el tren y le entraron unas ganas horribles de hacer de vientre. Como el tren iba abarrotado, pensó que no le iba a dar tiempo de llegar al servicio así que bajó una ventanilla y sacó por ella el culo para remediar su urgencia. Y en ello estaba cuando alguien, unos bancos más allá, sintió necesidad de asomarse por la ventanilla y al mirar para un lado y otro vio el culo de Quevedo descargando su mercancía. Y gritó entonces: ¡Qué veo! ¡Qué veo! Y Quevedo que lo oyó, dijo: ¡Joder, hasta por el culo me conocen!
Y es que, por aquel entonces los chistes de Quevedo hacían furor entre los niños. Seguramente era porque los adultos le leían.
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