martes, 24 de enero de 2023

Jeremiada.

Sigo bebiendo a pequeños sorbos del libro de Jeremías. Jeremías, ya saben, tenía línea directa con Dios y por eso nunca se equivocaba en sus predicciones. Avisó que venía Nabuco y Nabuco vino, aunque solo fuese para que miles de años después Verdi hiciese una opera con un coro de los esclavos hebreos que a todo el mundo le encanta por lo pegadizo y, también, porque es bailable. Tres por cuatro o así. 

La verdad es que Dios estaba hasta las pelotas de los judíos. Había firmado un contrato con ellos y ellos se lo pasaban por el arco de triunfo. O por el forro de los cojones si lo queremos decir de una forma más basta. Claro, empiezas siendo buen chico, cumpliendo a rajatabla y en cuatro días vas y te plantas en las alturas. ¿Y qué pasa cuando estás en las alturas? Pues muy sencillo, que todo invita a hacer romerías. Siempre hay algo que celebrar. Y cuando no hay motivo te le inventas. Y vas descuidando tus cosas y cuando te quieres dar cuenta resulta que o estás mórbido o has acabado de limpiabotas... como dice Putin de los europeos, pienso que con toda la razón del mundo. 

Eso pienso yo, que no hemos cumplido unos cuantos contratos y estamos pagando las consecuencias. No hemos respetado las fiestas de guardar. Tampoco a la mujer del prójimo. Por no hablar de meter la mano donde no debíamos. Y ya, en lo de las mentiras y maledicencias, como para parar un tren. Y en lo de honrar padre y madre, como en lo de las mujeres del tango, mejor no hay que hablar: basta con regalarles un perro. Así, que cómo quieren ustedes que esté Dios. Pues, se le llevan los demonios, naturalmente. 

Espero que, como la historia se repite una y otra vez, punto por punto, también esta vez, como cuando lo de Nabuco, Dios destruya o mande al exilio a los que se creyeron que podían torcerle el brazo. A los otros, paz y gloria. Se diría que ya está en ello.  

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