Fuimos hasta Solares en tren. Es una gozada tenerle, como quien dice, a la puerta de casa. Desde allí, por la vía del calatraveño, nos llegamos hasta Liérganes. Andando, menos de dos horas de sumergirse en un mar de recuerdos. Los más arraigados, los de la infancia y primera juventud.
Liérganes, bien pudiera considerarse la metáfora de lo que han sido estos casi ochenta años de los que tengo conciencia: el triunfo de la zafiedad, estulticia y, sobre todo, el mal gusto. Es increíble lo que puede llegar a hacer el dinero en manos de los iletrados. La verdad es que no sé por qué, aunque sea de Pascuas a Ramos, me arriesgo a ir por allí. Será porque mi inconsciente me está pidiendo a gritos un baño de decepción.
Estuvimos comiendo en el Hotel Cantábrico. Para ser exactos, en las ruinas de lo que fue Hotel Cantábrico. Ahora está gestionado por los herederos de Hermógenes Rodríguez, el que fundará una de las más importantes sagas confiteras de la región. Los chicos ponen voluntad, pero poco se puede sacar de donde no hay. La pureza minimalista de aquella cocina que dirigía con mano de hierro la mujer de Fonso, el indiano fundador del pequeño imperio hostelero que llegó a ser el Cantábrico, se ha convertido en la exuberancia barroca orquestada por una troupe de cocineros hispanos. Una porquería de comida, regada por un mal vino. Eso sí, que no falte La Casera. ¡Madre mía, si esto no es degradación!
En definitiva, todos los procesos de decadencia a lo largo de la historia siempre fueron igual: el paso de minimalismo racionalista al barroco manierista. Cuando ya no hay inteligencia para extraer las esencias se recurre a poner adornos a las antiguas y ya gastadas. Quiere decir, entonces, que ya no hay salvación: el Ave Fenix tiene que sucumbir para poder renacer de sus cenizas.
Y eso es exactamente lo que necesita Liérganes: morir del éxito hortera que le tiene convertido en un pastiche horripilante. Después, cuarenta años en el purgatorio para purificarse y volver a ser lo que fue: un vivero de aristócratas. Porque, no se engañen, hasta que no vuelva la aristocracia solo podremos esperar este barroquismo pestilente que, no otra cosa, es a lo que llaman democracia... que, además, si es social, como le dicen, apaga y vamos.
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