"El lema que hoy más quiero como definición de mi espiritu es el de creador de indiferencias. Querría que mi acción en la vida fuera, más que cualquier otra, la de enseñar a los otros a sentir por sí mismos, y cada vez menos según la ley dinámica de la colectividad... Enseñar aquella desinfección espiritual gracias a la cual no puede haber contagio de vulgaridad me parece el más constelado destino del pedagogo íntimo que yo querría ser. Que cuantos me leyeran aprendiesen - aunque poco a poco, como exige el asunto - a no tener sensación alguna ante las miradas ajenas y las opiniones de los demás; ese destino enguirnaldaría suficientemente el estancamiento escolástico de mi vida."
Yo no sé para ustedes, pero para mí que es imposible acercarse más al meollo de la cuestión. Se dan cuenta de que, en vez de pensar, dice sentir. Porque para pensar, primero hay que sentir. Y desgraciadamente solemos sentir según la ley dinámica de la colectividad, que eso sí que es una pandemia de vulgaridad. Una infección espiritual que consiste en vivir pendiente de las miradas y opiniones ajenas.
En fin, el estancamiento escolástico de mi vida... ¿saben lo que quiero decir? Pues vayan a la Salamanca del XVI y se enterarán. A partir de entonces, todo ha sido retroceso.
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