Ya acabé la revisión de "Pasa la Vida". En cierto modo, y valiendo la redundancia, ha sido una pasada. He revivido momentos aciagos de los que escapé por los pelos. Lo que vino después fue los clásicos cuarenta años de travesía por el desierto, con sus falsos dioses para aligerar el tránsito, hasta que, curado de quimeras, vine a dar en una relativa tierra prometida. ¡Desde luego que, qué difícil nos hacemos la vida algunos!
Aunque, a la postre, lo que importa, o lo que queda, es que del trato con las personas aprendemos algo de nosotros mismos. Ese largo recorrido que, si sirve para algo, vendrá a dar irremisiblemente en la conciencia de la propia irrelevancia. Que no otra cosa es la tierra prometida.
Personas y personas. Diferentes sabidurías. Innatas y aprendidas. Las circunstancias de cada uno. Los diosecillos juegan con nosotros como los niños lo hacen con las figuritas. A duras penas podemos hacer otra cosa que esperar a que quieran favorecernos... que ya saben lo problemático que es eso dada la natural tendencia a la perversidad de los niños. O de los dioses.
En fin, ahora, a ver qué es lo que los dioses quieren que haga con todos esos volúmenes que se me están acumulando en las estanterías. Aunque quizá me los hicieron escribir sólo para ayudarme a saber un poco más sobre mí mismo y el mundo que me rodea. Que ya es bastante.
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