En la rampa de las atarazanas que hay a levante de la dársena del pesquero han construido una estructura metálica gigantesca que ahora tendrán que arrastrar hasta el nuevo punto de atraque de los ferrys. En realidad, si bien se mira, todo ello es una obra inútil, porque no tiene otra finalidad que ganar unos metros de paseo marítimo para solaz de la ciudadanía. Supongo que, principalmente, ciudadanía foránea, es decir, ese espécimen que hace miles de kilómetros si es preciso para ir a hacer a otro sitio lo que normalmente hace al lado de su casa. O sea, mirar. A ver cosas, como suelen decir. Según Pessoa cuanto menor es la erudición de la sensibilidad mayor tiene que ser el ámbito de indagación para sentir algo. Pero Pessoa, en cualquier caso, no es Dios, o sea, que vete tú a saber cuáles son las verdaderas razones por las que la gente se va a las quimbambas para ver algo que le choque.
Lo que es evidente de toda evidencia es que cuando el ser humano está aburrido una de sus maneras predilectas de evadirse es ponerse a cambiar el entorno. Cambiar de sitio el mobiliario y cosas así a las que tan aficionadas son las amas de casa que ya no tienen prole que cuidar. No cabe duda de que, por un rato, funciona el invento, aunque no tienen que pasar muchas horas antes de que se vuelva al aburrimiento primigenio.
Sea como sea, yo recuerdo eso que hoy es paseo marítimo, tan adobado para los turistas y ociosos en general, como un lugar maravilloso en donde los trenes cargaban y descargaban los montones de minerales y maderas y todo tipo de mercancías a granel. Siempre estábamos inventando diabluras. Cogíamos unos tablones y fabricábamos un columpio del que siempre nos acababa echando el carabinero de turno. O saboteábamos un puñado de azufre para mezclarlo con pastillas para el dolor de garganta y pasarnos la tarde produciendo explosiones por todas las esquinas de la ciudad. A veces nos colábamos en El Covadonga que acababa de llegar de La Habana. Porque los niños, la mayoría del tiempo, éramos invisibles para los mayores.
En resumidas cuentas, que sí, que todo está muy bonito ahora, pero, a lo que se ve, ya no sirve. Y por eso es que hayan construido esa gigantesca estructura metálica que les decía. Como si hubiesen decidido echar el resto para darle al asunto un cierto cariz de eternidad. Inútil de toda inutilidad: dentro de cuatro días los burócratas que gestionan el puerto, o la ciudad, estarán tan aburridos en sus escritorios que maquinarán cualquier desmesura para superar la que está en curso. Es algo tan instintivo como respirar. Así que buena gana de filosofar sobre el asunto.
Por lo demás, lo único que pediría yo a los dioses omnipotentes es que, caso de existir eso que Pessoa llama erudición de la sensibilidad, que me concediesen lo suficiente de ella como para poder satisfacer mi curiosidad sin tener que alejarme mucho de mi guarida.
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