Ando revisando unas historias, digamos que de realismo social, que escribí hace más de treinta años, los suficientes en cualquier caso para que consideradas desde la perspectiva actual parezcan casi medievales. Hace cuarenta, cincuenta años, agarrábamos el coche, nos echábamos a la carretera y al cabo de un par de días aparcábamos en el centro de París, o de Londres, o de Lisboa, veíamos un hotel, entrabamos, pedíamos una habitación, nos instalábamos y nos tirábamos a la calle en busca de sensaciones. Y lo mejor de todo: nadie fiscalizaba nuestros movimientos por la sencilla razón de que no tenían medios para hacerlo. ¿Sé dan cuenta de a dónde hemos venido a parar en menos de tres décadas?
Nos ha pasado como a la rana del cuento, que acabó cocida por haberse metido en agua templada. Le fueron subiendo la temperatura y no se enteró hasta que ya estaba para ser comida. Todavía recuerdo cuando un bibliotecario de la USAL me dijo que me podía conseguir cualquier artículo científico en un instante. Muy poco después, viviendo ya en Barcelona, compré mi primer laptop y lo conecté al teléfono. Era una conexión lentísima, pero ya te ponía en contacto con todo el mundo. En cuatro días ya tenía una conexión rápida y flipaba. Cada día que pasaba le encontraba una nueva utilidad. El banco, las compras, los mensajes, los viajes... poco a poco, sin comerlo ni beberlo, me había convertido en un discapacitado que había encontrado la ortopedia que le permitía vivir como una persona normal. Tan así era que llegué a olvidarme de mi dependencia de la ortopedia.
Una ortopedia a la que, en un principio, no le veía otra cosa que ventajas. No pensaba para nada en dependencias y, mucho menos, en quién estaba detrás de todos aquellos servicios que me llegaban como por arte de birli-birloque. Todo ello tenía mucho como de sobrenatural. Nunca se me ocurría ponerme a pensar en algo tan evidente como que se me estaba olvidando escribir una carta. Total, para qué, si un mensaje era instantáneo y podías decir lo mismo.
Pasado un tiempo, no mucho, empezamos a ver películas y series en las que la ortopedia de marras era parte fundamental del argumento. Las terminales informáticas eran utilizadas por las autoridades para perseguir a la delincuencia. Total, a mí, te decías, qué me importa que las autoridades sepan con quién me comunico y en dónde he comprado y el dinero que tengo en el banco y a dónde he ido, si no hago nada malo. Y, a los delincuentes, que se jodan. Que dejen de delinquir y nadie les controlará.
El siguiente paso fue saber que no hacía falta delinquir para que tus datos estuviesen siendo manejados con fines, en principio, comerciales. Alguien estaba enterado de cuales eran tus gustos y preferencias y por eso era que te llegasen al correo tantos anuncios relacionados con los unos y las otras. Un paso más y ya era al abrir las redes sociales que aparecía en pantalla solo lo que te interesaba. Algún ser sobrenatural te tenía cogida la medida y no paraba de facilitarte la vida.
Y así hemos llegado a este grado de cocimiento. Ya no somos nada sin la ortopedia, pero con ella somos todavía menos. Y así es que haya tanta gente ahora utilizando la ortopedia para salirse de ella. Te vas a YouTube y hay miles, millones acaso, de vídeos de gente que cuenta cómo trata desesperadamente de salirse del invento y volver a aquella soñada edad de oro en la que, como digo, agarrabas el coche, ibas a Paris y aparcabas delante de la Sorbona. Todo a la aventura y nadie que tú no quisieras se enteraba de tus andanzas. En fin, como ven, historias de discapacitados.
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