El otro día entré en una librería de viejo de la calle San Luis y salí con Las Aventuras de Shanti Andía en el bolsillo. La verdad es que iba a tiro fijo. Hace unos días al terminar La Ciudad de la Niebla me di cuenta de que tenía necesidad de volver al placer infantil de la lectura, a sentir lo que sentía cuando a mis veintitantos devoraba a Baroja. Aquello era un verdadero vicio, o sea, de esos que practicas como si de una religión se tratase. Recuerdo que, incluso, llegué a visitar la casa del autor en Vera de Bidasoa al modo de los peregrinos que acuden a un lugar sagrado. Un señor muy amable que había por allí nos dio todo tipo de detalles. Luego, para redondear, hicimos el paseo cotidiano de don Pio al otro lado de la frontera, por una carretera sinuosa entre hayedos o algo así. Afortunadamente la producción de Baroja no fue manca. Siempre había un nuevo título que echarse al coleto. Aunque, como con todo lo que tiene un límite, también padecí las angustias de la "piel de zapa" al sentir como mermaban las posibilidades de nuevos hallazgos. Afortunadamente todavía quedaban las Memorias: Desde la Última Vuelta del Camino. Un tomo de aquellos de Aguilar encuadernado en piel y más de mil páginas de papel biblia. Por así decirlo, una especie de apoteosis; un fin de fiesta para nunca ser olvidado.
Así que, como digo, terminada La Ciudad de La Niebla, la única suya que conservo en mi exigua biblioteca, decidí volver a las andadas, si es que eso es posible, y por tal es que ande ahora con lo de Shanti Andía que creo recordar fue para mí la mejor novela de aventuras de un autor español, excepción hecha, claro está, de La Vida del Capitán Contreras, que, por cierto, también acabo de releer con las consiguientes dosis de satisfacción, por así decirlo, primigenia.
En definitiva, que voy a ver lo que esto me da de sí. De las pocas páginas que llevo leídas ya voy cayendo en la cuenta de cuál pudo ser el porqué de aquel enganche juvenil. Y es que Baroja trasuda por todos sus poros la modernidad de Schopenhauer y Nietzsche de una forma natural, como si fuese charlando entre colegas. Ya les iré contando.
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