viernes, 17 de febrero de 2023

Juegos de la edad tardía

A veces, guardar cosas tiene su interés. Según qué cosas, claro está. Y en esto las personas somos tremendamente selectivas. El caso es que me dio por guardar la correspondencia que mantuve con uno de esos contactos que se hacen por internet. Estaba entonces viviendo en Alar y no tenía compromiso alguno, así que dejé correr la imaginación y salió lo que salió. Ahora lo he desenterrado y me he puesto a leerlo y tengo que confesar que a duras penas puedo resistirlo. 

Como en aquel cuento que relata un comensal, creo recordar, en El Banquete de Platón, los seres humanos buscamos más o menos desesperadamente aquella mitad de la que los dioses nos separaron por nuestra soberbia. Y en eso echamos buena parte de nuestras vidas. Si lo encontramos o no, ese es otro cantar. Lo interesante es el proceso. Las cosas que uno hace y dice cuando está en trance de seducir. 

Mi correspondiente se tilda de impulsiva reflexiva. ¿Qué quiere decir eso? A mi discreto juico, nada de nada. O mejor, si quieren, una obviedad. Todos cuando perseguimos algo somos impulsivos porque de otra manera no generaríamos las esperanzas necesarias para mantenerte en la empresa y, también, somos reflexivos porque toda empresa suscita recelos que es imprescindible analizar so pena de pegarte el batacazo. 

Y de ese tira y afloja entre el impulso y la reflexión se compone la extensa correspondencia que ahora releo. Dos personas mayores buscan algo que compromete, y mucho, y por eso andan con pies de plomo. Es el típico querer en la superficie, pero no querer en el fondo. Nunca sabrás qué componente de atrevimiento o de cobardía hay tras todo el invento. A esas edades en las que ya has aprendido a gestionarte los propios orgasmos maravillosamente, el componente impulsivo de búsqueda se ve sobrepasado sin mayores esfuerzos por la reflexión. Y ahí está el meollo de estos juegos de la edad tardía. Uno sueña con compañía para las largas y frías noches del invierno oscuro, pero, eso, simplemente sueña. No hay un deseo firme. Y sí mil temores de complicarse una vida que no está mal tal como está. 

En cualquier caso, hay como un sexto sentido que regula este tipo de cosas. A los pocos días de cesar la que ya era farragosa e inútil correspondencia apareció María en medio del escenario y ahí continua, durmiendo en la habitación de al lado. Por el querer de los dioses. Sin embargo, ahí quedó el testimonio de aquellos juegos y ahora lo releo porque estoy en plan de poner orden en mis escritos. De hecho, tengo intención de incluir esa correspondencia en un tomo que llamo Pasa la Vida y en el que he pretendido contar algo de lo que me impulsó a largarme de Cataluña y recalar en la meseta. En fin, tengo mis reticencias respecto esa inclusión, pero, por otra parte, como sé que lo más probable es que nunca vea la luz, pues me importa un rábano.

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