Como nunca nos enteramos de la misa la media, lo que es yo, que diría la quiosquera de mi barrio, cada día que pasa estoy más perplejo. Lo que es yo, porque, para lo que no lo es, parece como si nunca hubiese tenido tanto sentido aquel dicho que asegura que al que Dios se la da, San Pedro se la bendice. Que se muere un 20% más de gente de lo que es habitual... no pasa nada. Que ese 20% se componga en buena parte de gente joven... sigue sin pasar. Bueno, ahora, como Dios se la ha dado a un destacado miembro de la familia real tailandesa parece ser que San Pedro no se la quiere bendecir y la cosa está que arde. Porque es que las evidencias se están haciendo insoportables para la segunda parte contratante de la segunda parte que, en realidad, es la primera. Ya no caben más malabarismos con el lenguaje y es hora de que alguien, o alguienes, den la puta cara.
Pero, para perplejidad, lo de esa guerra que dicen que hay en Ucrania. ¿Qué se le ha perdido al mundo en aquella guerra entre clanes familiares? Imagínense, España, ¿dónde le queda aquello? Pues, si nos atenemos a todo lo que estamos ayudando a una de las partes en el conflicto, se diría que lo tenemos a la puerta de la cocina. Para los que no sabemos nada de los intríngulis, o resortes, de la historia, todo parece un montaje de opereta. Y, para mayor inri, hagas lo hagas, siempre se te pondrá ante los ojos la ong que te recuerda lo mal que lo están pasando los niños de ese país maldito. ¿Entienden ustedes algo? Yo, es que, aunque quisiese, no podría tener nada contra los rusos. Se me viene a la cabeza toda su literatura, toda su música, y no puedo más que hacerme su hermano de sangre. Claro que la música y literatura de aquellos lares no diferencia mucho, por no decir nada, a rusos de ucranianos.
Quizá es que sea que así ha corrido siempre el mundo. Se quejaba Ernst Jünger de que cuando estaba tumbado sobre unas tablas en el fondo de una trinchera, leyendo Gengi Monogatori y escuchando el silbido de los proyectiles que pasaban por encima, no se podía quitar de la cabeza que un par de cientos de kilómetros más allá la gente iba a los cafés como si no pasase nada. Oye, a cada uno le toca lo que le toca, no se sabe si por merecimientos propios o porque Dios así lo quiere: también en esto somos como las hojas caídas que son juguetes del viento; nada que ver, en cualquier caso, con esa justicia divina que tanto preconiza el libro de libros.
En fin, me voy a poner con la partitura de Oblivion que ya parece como que le voy cogiendo el punto. Me tengo que apurar porque ya vienen apretando por detrás las Seis Breviedades de Sergio Assad. Esto de cultivar un huerto es un puro sin vivir.
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