El caso es que ya casi no me acordaba de aquella novela que escribí hace veintitantos años y ahora, releyéndola, me he agarrado un enganche que es que no me la puedo sacar de la cabeza. Hasta en los sueños aparece. Recuerdo perfectamente el estado de excitación en el que me colocó su creación. Llegó un momento en el que me resultaba difícil distinguir de qué lado estaba la realidad y de cuál la ficción. Era como vivir otra vida. Y ya sé que suena a tópico, pero pónganse a la tarea de inventar historias y ya verán lo poco que tardan en sentir lo que les estoy contando.
Así que, como les digo, estoy enganchado. Y no es que vaya a caer en la ilusión de que ello es porque tiene calidad. Ni mucho menos. En todo caso, sería literatura para chachas, como dice el periodista Sostres. Pero eso no quita para que a veces casi me maraville por haber sido capaz de inventar tal engendro. ¿Cómo se me pudo ocurrir?
Claro, a mí, este tipo de juegos ya me cogieron muy mayor y por eso, supongo, los sobrellevé a palo seco y sin urgencias de ningún tipo que no fuesen las de entretener el tiempo muerto. Pero me doy cuenta de lo que tiene que ser en el caso de una persona joven y que, por ende, tiene que ganar dinero con ello. La tentación de estimularse tiene que ser tan poderosa que casi todos sucumben, Al alcohol en concreto. Se han parado a pensar en la ristra de borrachos que ha dado la profesión literaria. Malcolm Lowry dejó niquelada la cuestión en su muy recomendable novela Bajo el Volcán.
En fin, que no sé qué hacer, porque es que, además, como se pueden adivinar en ella tintes autobiográficos... pues eso, que me da corte ponerla en circulación. Aunque, pienso, que bien lo mereciera. Y por otra parte, ya soy tan viejo que...
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