Sigo releyendo mis dietarios -y de paso puliéndolos-, y de pronto me encuentro con una entrada que quiero comentarles por parecerme curiosa. Estaba a la sazón pasando unos días en el piso que por entonces tenía en Cabezón de la Sal y vino a visitarme un amigo de esos que perduran sean cual sean las vicisitudes de la vida. Habíamos comido y bebido generosamente y estábamos de sobremesa con la lengua fácil. Y, entonces, me dijo: No sabía si contártelo, pero como el vino me ha puesto en disposición de ello te lo voy a contar: ayer me encontré con fulanito y le dije que hoy iba a venir a comer contigo. Me contestó que él no podría comer conmigo porque me consideraba una mala persona o algo así. Luego, para rematar mi denigración, dijo que cuando yo trabajaba en Salamanca había querido curar los cánceres de pulmón con lechuga. No me acordaba ya de que alguien hubiese podido decir una cosa tan chusca de mí, pero tampoco me ha extrañado mucho porque cuando, por lo que sea, se quiere denigrar a alguien lo mejor es no pararse en mientes.
El caso es que el mentado fulanito había sido en tiempos gran amigo mío y por esas cosas de la vida nos habíamos ido distanciando, en lo que a mí respecta, de una forma, pienso, instintiva. Que es lo que tienen las afinidades electivas que, al nada tener que ver con la sangre, están sometidas al escrutinio de la razón. Si algo te ha chirriado por dentro, queda apuntado en el debe y, así, al haber le pasa como a la piel de zapa, o sea, que merma sin remisión. Una de las últimas chirriaduras, sucedidas cuando la piel de zapa ya estaba muy mermada, la conté en el mismo dietario porque fue uno de esos momentos de la vida en los que más que vergüenza sientes rabia. Es una historia sórdida que pone las cataduras de cada cual al descubierto. Después de aquello, ya, poco rascamos juntos. Y por otro lado, como yo me fui de Santander al poco, despidiéndome a la sueca, pues, no volví a saber prácticamente nada de él, ni ganas.
De todas formas, lo que me ha llamado más la atención es que fulanito hubiese podido dar pábulo a lo de la lechuga. Aunque, después, recordando que el sujeto en cuestión militaba en organizaciones de cariz comunista, empecé a hilar más fino. Todos hemos visto películas y leído libros en los que se describe de lo que son capaces los comunistas para deshacerse de quien les molesta.
En fin, que no sé por qué les he contado esto, porque es una nimiedad irrelevante, o sea, un pleonasmo. Por lo demás, yo tampoco podría ir a comer con él, pero, es que, ni con él ni con casi nadie que no sea el poco más de la media docena de personas con las tengo algún trato.
Es lo bueno de hacerse viejo. Uno se hace perro experimentado, y les cuesta dárnosla más con queso . Me sucede lo mismo, apenas tengo amigos, y doy gracias al Altísimo todos los días por ello.
ResponderEliminarAmigos, unos pocos. Lo que pasa es que ya se tienen de otra manera. Evitando trascendencias y haciendo muchos chistes.
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