jueves, 22 de octubre de 2026

De Molledo a Portolín

Tenía por ahí una partitura con un andantino y un minueto de una suite de Jean-Filippe Rameau, la eché una ojeada y pensé que esto es exactamente lo que ahora me conviene, una armonía elemental, como la de aquellas canciones que cantábamos cuando, de chavales, íbamos de excursión. Empiezo a tocarlo y, al rato, estoy tarareando «es tanta la virulencia / que lleva el Ferrocarril / que en hora y media se planta / de Molledo a Portolín». O letras por el estilo que son un homenaje al absurdo. 

El ser humano siempre ha echado mano del absurdo para hacer crítica de la realidad cuando todos los otros recursos, una de dos, o son peligrosos, o se han mostrado ineficaces. Y es que, al absurdo, a veces, cuesta cogerle el punto, pero una vez que se lo coges, no hay nada más eficaz para llegar al fondo del asunto. 

 Recuerdo aquella canción que consistía en ir de tónica a subdominante, a dominante y vuelta a tónica. Y, así, ad infinitum, saltando a una octava superior y luego bajando y vuelta a empezar —muy a propósito para jugar con las voces—: «París se quema, se quema París / Paris se quema, se quema París / París se quema, se quema París / París se quema, París se quema, se quema París». Pues bien, al parecer, lo que en aquel entonces parecía absurdo, ya no lo parece tanto, porque, según dicen, París está que arde. El absurdo es lo que tiene, que, si se insiste, se suele transformar en realidad. 

Diderot tiene un par de novelas, a mi juicio, muy interesantes: Jaques el Fatalista y El sobrino de Rameau. Para Jaques, todo lo que pasaba, pasaba porque así estaba escrito en Le Grand Rouleau y, por lo tanto, de nada teníamos, ni que quejarnos, ni alegrarnos, porque nada podemos hacer para que las cosas sean de un modo u otro. Por su parte, Jean-François Rameau, el sobrino —a los famosos les suelen salir sobrinos por todas las partes—, es un chisgarabís que utiliza las artimañas del cinismo para resaltar las incongruencias de las que está a rebosar la pretendida racionalidad. Dos novelas, como digo, muy interesantes, a la vez que entretenidas, y que intentan ponernos sobre aviso de lo arriesgado, por absurdo, de creer, tanto que somos dueños absolutos de nuestro destino como de que con nuestra razón podemos modificar para bien la realidad. 

En fin, lo mejor para estos periodos en los que el absurdo parece señorear la realidad, pienso, es volverse a las armonías elementales tipo las de Rameau. Vendrían a ser un a modo de purificación del espíritu. Por cierto, Molledo y Portolín son una y la misma cosa.

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