Ya les contaba ayer que según Pessoa lo mejor y más púrpura es abdicar. Por eso es, precisamente, que sea un arte tan inalcanzable para la inmensa mayoría. En mi pueblo la gente solía decir: ¿qué se me ha perdido a mí...? Realmente nada, porque la inmensa mayoría de las cosas por las que nos afanamos no son más que pantomima full, como tan acertadamente se dice hoy día. Por eso saber abdicar, a la postre, no es más que querer dejar de hacer el imbécil.
¿Pero es que no son capaces de caer en la cuenta de lo que realmente sí importa y merece la pena luchar por ello? Pónganse a pensar en ello de forma desprejuiciada y no tardarán en concluir que con lo que cabe en la cabeza más la comida asegurada y una habitación caliente en invierno y fresca en verano vas que chutas y metes gol.
Porque el problema es que nada de lo que hacemos es inocente. Sobre todo lo inútil, que es casi todo, cobra su peaje de malestar a la naturaleza. A la propia y a la en general, o sea, a la que Spinoza llamaba Dios. Si, no cabe hacerse ilusiones, el malestar es acumulable y alcanzado cierto nivel revienta. Y en ello estamos, en pleno reventón.
Como diría la youtuber Ter, somos los arquitectos de nuestra propia desgracia por no saber abdicar. ¿Qué se nos ha perdido en la mayoría de los sitios a los que vamos? ¿Es que no nos bastan las piernas para cubrir el territorio de nuestras necesidades? ¿Acaso piensas que alguien que no sea idiota te va a valorar por lo que tienes?
Bueno, tampoco es que haya que tirarlo todo por la borda. A mí que no me toquen mis guitarras. Y mira que soy consciente de lo mal que las toco, pero, ¡oye!, cuando estoy en ello, de vez en cuando, suena bien por casualidad y me siento en armonía con esa naturaleza que es Dios. Entonces, es el mayor placer que los dioses están dispuestos a conceder a los humanos... fuera, claro está, del que todos ustedes saben y del que no conviene abusar porque te reblandece la médula.
No hay comentarios:
Publicar un comentario