Anoche estuvimos un rato revisitando The Last Picture Show. Es una película de 1971, es decir, de cuando el mundo estaba saboreando los primeros sorbos de la anticoncepción. La gente parecía no tener otra cosa en la cabeza que La Función del Orgasmo. Cuanto más fornicases mas saludable estarías tanto física como mentalmente. Ni mujer del prójimo ni leches. ¡Como las consecuencias eran controlables...! Se había roto el tabu del sexo. O eso fue lo que en nuestra inocencia nos creímos.
Habíamos apartado a Dios de nuestras vidas de un manotazo... es decir, nos quedamos sin sentido de la trascendencia. Todo esfuerzo desde entonces fue encaminado a alcanzar mayores cotas de consumo. Ese fue el gran hallazgo que hizimos para sustituir a Dios. Juzguen ustedes el resultado obtenido: todo el mundo dispuesto a llevar mascarillas, encerrarse en casa, inyectarse mierdas... por miedo a una gripe de nada que solo mataba a viejos. ¡Que degeneración de la especie!
El caso es que, como nada es en vano, todo este desideratun que venimos de vivir empieza a desbordar los muros de contención. En Reino Unido están en trance de cambiar la cúpula del poder político y, como en tales situaciones todo vale, uno de los contendientes con posibilidades no ha dudado en utilizar el manejo que se ha hecho de la inventada crisis sanitaria para aplastar a sus oponentes. Es probable que, si no por la cárcel, de momento, los que manejaron el cotarro vayan a tener que pasar por los tribunales y el opróbio público... aunque esto último a un político, como que se la suda. Pero hay muchos mas sitios en donde la cosa está que arde y solo necesitan que algún país dé el pistoletazo de salida.
En fin, que unas cosas llevan a otras y otras a las de más allá. Los tabús, por definición, no se pueden romper sin apartar a Dios de nuestras vidas. Y sin Dios, pues ya ven, con mascarilla para todo. Cagaos de miedo.
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