sábado, 27 de agosto de 2022

Chipirones encebollados

La mente humana es un universo prácticamente inexplorado. Da igual que millones de especialistas se dediquen a escribir libros sobre él, porque la realidad es que nunca se consigue traspasar la corteza. Acaso los poetas como Shopenhauer, Pessoa, y así, en ocasiones pueden llegar un poco más hondo, pero no creo que mucho. En cualquier caso solo te pueden dar pistas para que utilices tus propios medios de exploración. Porque adentrarse en esos inextricables terrenos es la única esperanza, o derrota de la razón si mejor lo quieren decir, que nos queda para aliviar el sufrimiento prácticamente continuo que es el vivir. Claro que, tampoco hay que echar en saco rato la más que probable posibilidad de que ese sufrimiento sea a la postre nuestra única fuente de placer. Así de complicados somos y así, más o menos, me lo trataba de explicar ayer Fede mientras nos zampábamos unos chipirones encebollados. Utilizaba como ejemplo el misterio que esconde tras de sí la ludopatía. ¿Por qué el ludópata solo encuentra la razón de ser de su terrible afición en la necesidad compulsiva de perder? A un ludópata que ganase no le duraría dos días la adicción. Parece casi un chiste, pero así de misterioso es ese universo que albergamos debajo del pelo. 

Pues sí, así parece que viene a ser el asunto: el sentimiento de culpa que tortura al que está perdiendo el sustento de sus hijos en el juego es el que a su vez permite al torturado sentirse buena persona porque, si no lo fuese, no le afectaría el mal que está haciendo. Si, al ludópata todavía le queda la capacidad de discernimiento entre el bien y el mal que al parecer han perdido esos personajes de las películas de los hermanos Cohen. Gente que asesina a sus semejantes con total indiferencia. El mal por el mal sin más. Pero no, no creo yo que exista el "sin más". Hacer el mal es la única posibilidad de consuelo del malvado que, a la postre, no es más que un ser desgraciado que no se soporta a sí mismo. 

¿Por qué hay seres desgraciados que no se soportan a sí mismos? Esta es una buena pregunta, como suelen decir los entrevistados cuando el entrevistador le pone en un brete. No creo que haya forma de responder a tal enigma por más que nos hayamos pasado toda la historia de la humanidad dando respuestas para todos los gustos. Así que lo mejor en estos casos será apelar al querer los dioses. Seguros que ellos en su infinita sabiduría han llegado a la conclusión de que estos especímenes son imprescindibles para el buen funcionamiento del sistema natural. En fin, qué poco sabemos y cuanto hablamos para ahuyentar el miedo que nos produce nuestra propia ignorancia. 

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