Los chavales se matan en los sitios más inverosímiles. Es evidente de toda evidencia, como se suele decir para que no quede el menor resquicio de duda, que han tenido que ponerlo todo de su parte para que se produzca el fatal desenlace. Cómo iría... dice la gente. Desde luego que saltándose todas las normas, sobre todo las de la prudencia. Así que, ¡qué les den!, sería la reacción más justa. Pero no, al común de los mortales les da una hemorragia de compasión al ver esos altarcillos de flores que deudos y amigos del infortunado se apresuran a instalar en el lugar de autos. Recuerdo que en la carretera que va de Palencia a Astudillo hay pequeño monolito conmemorativo de una de estas tragedias en el que se han atrevido a poner una leyenda como de reproche a los dioses. La injusticia divina y no la estulticia humana como causante de la siega en flor. Me enterneció tanta inocencia al leerlo. Por cierto que la gente ponía allí como si fuesen exvotos pequeñas motos de juguete. Al parecer no habían tenido bastante.
Tengo un vecino que es de mi pueblo que tiene ya bastante perdido el juicio y, será por eso, digo yo, que siempre que me le topo, renqueando con su cachaba, está llamando hijos de puta a los que pasan a toda mecha en sus coches. La verdad es que, según tengo entendido, la velocidad máxima en el casco urbano es de 40 km/h. Yo diría, que el que no la triplica, la duplica al menos. Pero así son la cosas, que ya lo señaló Tácito, que no hay mejor forma de corromper una sociedad que dictar leyes y normas para todo. Pero bueno, a lo que iba, que la velocidad, como la jodienda, no tiene enmienda. Es un instinto natural querer ir más deprisa y, si lo puedes conseguir con un ligero giro de la muñeca o una tenue presión del pie, a ver quién es el guapo que se contiene... que no de otra pulsión suicida es que tengamos ahí abajo esa anomalía geográfica que llaman Sahara. Faetón le cogió a su padre el carro del sol y puso a los caballos en desbandada y pasó lo que pasó. Quizá ustedes, que son tan cultos, lo habrán leído en Las Metamorfosis de Ovidio donde viene una pormenorizada relación de los hechos.
Personalmente, también tuve mi lote faetoniano. En un par, o tres, de ocasiones, que reiteradamente se revuelven en mi memoria, me libré del desastre por los pelos porque los dioses así lo quisieron. Pero en otra me quisieron dar la lección y me deslicé por un barranco abajo. Afortunadamente solo saque una muñeca rota. Y vive Dios que no lo eché en saco roto. A partir de entonces el coche ya nunca fue para mí lo que había sido antes. Lo seguí usando, pero siempre con la mosca detrás de la oreja. Y a partir de los cuarenta pasé largas temporadas prescindiendo de él. Y, por supuesto, sin ninguna intención ecológica ni chorradas por estilo, no, simplemente, por sentido común. No lo necesitaba para nada que no fuese ir a sitios a los que no tenía la menor necesidad de ir. En fin, lo único que lamento es no haber prescindido de él mucho más porque hubiese alargado la vida considerablemente... todas esas horas robadas conduciendo hacia ninguna parte.
¡Como envidio a los que nunca tuvieron que conducir un coche para tener una vida plena! Es como si fuesen los elegidos de los dioses.
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