Estaba dando mi habitual paseo matutino, no habían dado las ocho, cuando veo que en la ventana de atrás de un coche aparcado hay apoyados un par de pies. Me fijo mejor y veo que dentro del coche hay tres chavales durmiendo de mala manera. Son cosas que hacen los jóvenes arrastrados por sus demonios interiores. Alguien les habrá dicho que Santander es lo más y, ellos, como buenos pringaos que son, no se lo quieren perder. Pues bien, ya estuvieron en Santander y habría que ver que es lo que sacaron en limpio que no haya sido una tortícolis o cualquier otro espasmo muscular dadas las posturas que tenían en el coche. Porque, no se engañen, también a los jóvenes les tortura el cuerpo, por más que su recuperación sea más rápida. Supongo que alguien dirá que eso forma parte del aprendizaje de la vida. Yo también he llegado a creer en ocasiones que eso era así, pero en la actualidad tengo serias dudas al respecto. Es más, juraría que es todo lo contrario.
En realidad lo que pasa y nos ha pasado a la mayoría es que hemos sido víctimas de la mala educación. Se puede resumir en la siguiente sentencia: "qui non enseña e castiga sus fijos ante del tiempo de la desobediençia, para siempre ha dellos pecado." Y es que, claro, ve uno como son tratados los niños, dejados muchas veces al cuidado de los abuelos para ahorrarse el canguro, y se acuerda de aquella otra sentencia: "qui ama más de quanto deve, por amor será desamado." La juventud en general, desde siempre, pero más desde que no hay mili, está enferma de soberbia. Antes se deja matar que escuchar el consejo de un viejo.
Y digo juventud en general porque no toda es igual aunque lo parezca. Hay una minoría que se libra de tanta estulticia ya sea por el querer de los dioses o por la mano firme de sus padres. Se trataría de padres con el suficiente sentido común como para no creerse lo del buen salvaje de Rousseau. Y, por lo mismo, para no trasladar a una institución del Estado, o de quien quiera que sea, la responsabilidad adquirida al traer a un hijo al mundo.
Porque esos chavales del coche, como yo hice tantas veces, están, con toda seguridad, tirando la vida por la borda. Han venido a Santander sin otro objetivo que matar su angustia de descaminados. No han visto nada porque, aunque hubiese algo que ver, no sabrían verlo. Se nota claramente que nadie les explicó a su debido tiempo que la diversión de la vida es, precisamente, huir de la diversión.
En fin, qué más da todo si al final tan pronto se va el carnero como el cordero. Y ambos dos con un pesado fardo de sufrimientos a la espalda hayan hecho lo que hayan hecho en la vida.
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