Pessoa dice que vivir es un error metafísico de la materia o, si mejor quieren, un descuido de la inacción. Desde luego que hay que pensárselo más de dos veces antes de aterrizar con algún tipo de significado. Aunque las más de las veces puede que intuyas algo sin poder saltar la barrera que te separa de la razón. En realidad, supongo, la poesía no es más, ni menos, que eso.
En cualquier caso, lo que importa es que Pessoa me consuela de las tristezas existenciales que me asaltan por doquier y de paso me da pie a poder construir mis propios errores metafísicos, que no otra cosa es el vicio de pensarlo todo. Y así era hace un rato cuando iba viendo amanecer sobre las brumas de la bahía. Paisaje propicio a la melancolía: un futuro de más de lo mismo y un pasado que es nada. Nada. Nada.
Y de la nada a la rabia. Me toco vivir en una mala época. La peor de todas, quizá. Una época en la que descubrir la trampa que te inutilizó te puede llevar toda la vida. Una tiranía sofisticada que se esconde tras supuestos valores incuestionables. El derecho a la salud, el derecho a la educación, el derecho al entretenimiento... el caso es que no te curtas en la lucha por la supervivencia. Eso es peligrosísimo para el sistema: podrías crecer y descubrir el pastel.
En fin, menos mal que por pura razón biológica ya me tengo que ir pronto, pero no voy a hacerlo sin advertir al que quiera escucharme que se lo pague todo de su propio bolsillo, por su propio esfuerzo, y que sabotee todo lo que pueda lo en apariencia gratis, porque nada lo es y en el esfuerzo porque lo parezca reside la madre de todas las tiranías.
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