Creo recordar que en Valladolid, por detrás del ayuntamiento hay una plaza porticada que llaman, o llamaban, del ochavo porque es un octógono perfecto. En uno de los lados, en medio del dintel sostenido por dos columnas había y supongo que seguirá habiendo, una argolla que era famosa porque una leyenda urbana sostenía que en ella habían colgado en su día, quinientos y pico años atrás, a Don Álvaro de Luna, Condestable de Castilla y factotum de Juan II de Castilla. Como acabo de empezar la lectura de El Laberinto de la Fortuna de Juan de Mena he pensado que no estaría mal saber algo sobre las circunstancias en que fue escrita la obra. Porque Mena era cortesano, funcionario diríamos hoy, en la corte de Juan II. Como todas las épocas, la de Juan II fue de transición donde las haya. La Edad Media no se acababa de ir y el Renacimiento no acababa de llegar a causa de lo de siempre: las estúpidas ambiciones de los parásitos a los que en aquel tiempo se les llamaba nobles. El equivalente de los políticos de hoy día.
Pues bien, aquellos nobles, de Castilla, Aragón y Navarra, no hacían otra cosa que guerrear entre sí por ver si alguno podía quitar algo a otro. Exactamente lo mismo que hacen hoy día los partidos políticos que no aspiran a otra cosa que a apoderarse de los cargos altamente remunerados que tienen los del partido rival. Nobles, políticos, lo suyo sería liquidarlos a todos por estar infectados de la más vesánica de todas las enfermedades, la de querer vivir a costa de los que trabajan so capa de que ellos están mejor capacitados que tú para saber lo que necesitas. Es una cosa tan surrealista que no puedo entender como ha podido llegar a tener tanto éxito a todo lo largo de la historia.
Las desmedidas ambiciones de los poderosos que nunca encuentran su fin. Cuanto más poder se tiene más se necesita para afianzarlo. Y siempre con la coartada de que yo soy el que mejor sabe lo que hay que hacer para garantizar el bien común. Don Álvaro era un maestro en estas lides. Hay quien dice que lo que en realidad pasaba era que se acostaba con Juan II. Vete tú a saber lo que pasa en las intimidades de las alcobas. Pero lo que sí es verdad es que las desgracias de Don Álvaro comenzaron el día que el rey se casó en segundas nupcias. La nueva esposa de inmediato le puso la proa y no paró hasta verle decapitado en la plaza mayor de Valladolid después de un juicio de pantomima.
En cualquier caso estamos en lo de siempre: ¿cuál es el mejor medio según todos los parásitos de todas las épocas para garantizar el bien común? Muy sencillo: aumentar el tamaño del Estado. La fragmentación es la causa de todos los problemas. Por eso Don Álvaro había convencido a Juan II que lo suyo era deshacerse de los nobles y quedarse con todo el poder. De hecho el mundo de entonces ya estaba preparado para que así sucediese y fue, precisamente, la hija que Juan II tuvo con la reina que puso la proa a Don Álvaro, Isabel I de Castilla, conocida también como la Católica, la que consiguió ese ambicionado fin. Con su casamiento con Fernando de Aragón, tan Trastamara como ella, consolidaron "de aquella manera" lo que desde entonces se ha venido conociendo como nación española. Y digo de aquella manera porque desde entonces para acá no ha habido dos días seguidos en los que las fuerzas centrifugas no hayan hecho su aparición.
No, desde luego que eso de que el Estado cuanto mayor, mejor, no ha dado muy buenos resultados. Quizá debiéramos escuchar a Anxo Bastos para encontrar la explicación.
El problema está en que, la nueva noblese que tenemos, los políticos, van de listos y la gente se lo cree. Antes, cuando Don Álvaro de Luna, todos sabían que eran unos hideputas , era de conocimiento general.
ResponderEliminarHoy día, el personal anda acenutriado
No sé cuales serán las diferencias en cuanto a cinismo entre estos políticos y aquellos nobles. Estos de ahora parecen haber olvidado que el cadalso siempre está ahí. Ya veremos lo que pasa cuando al personal le lleguen las primeras facturas de la calefacción este invierno.
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