Estuvimos viendo Mogambo. Por enésima vez. Una película de cuando los hombres eran hombres y las mujeres, mujeres. O sea, una película de pasiones amorosas que a la postre son derrotadas por lo que llamamos sentido común, pero que sería más propio llamar sentido práctico de la vida. El caso es que esta película fue muy comentada en su día porque la censura franquista se pasó de frenada: convirtió a los esposos en hermanos para encubrir un adulterio y, de rebote, fabricó un incesto. Es lo que tiene meterse en camisa de once varas. En fin, qué tiempos aquellos que no dejaban de tener su gracia. Yo la vi desde el gallinero del cine de mi pueblo y no me enteré ni del adulterio ni del incesto, pero salí entusiasmado por las aventuras del macho alfa que tan maravillosamente representaba Clark Gable.
Andaba el Clark manteniendo una aventurilla circunstancial con Ava Gardner, una mujer atractiva, desacomplejada, divertida y con una larga experiencia de desengaños, cuando va y se presenta de buenas a primeras una dulce princesita de cara angelical, Grace Kelly, y, como no puede ser menos en este tipo de mujeres, con unas pulsiones sexuales reprimidas que están pidiendo a gritos que venga el macho alfa a liberárselas. Y, claro, el macho alfa pica el anzuelo a la primera de cambio. Justo, piensa, ésta es la mujer que me conviene para sentar ya cabeza de una vez por todas. Con este tipo de mujeres puedes estar seguro de que no te la van a jugar... y no como esa otra lagartijona, Ava, que el día menos pensado ve a otro más joven y rico y no lo piensa dos veces. ¡Pobre imbécil! Si hubiese leído a Camille Paglia sabría que es exactamente al revés de lo que las apariencias le hacen pensar. Nadie menos segura que una rubita angelical, ni mas leal que una femme fatal, como demuestra la propia película.
En resumidas cuentas, que las pasiones son el condimento de la vida y, de entre ellas, las de cariz amoroso se llevan la palma. Cuando salta la chispa, se apaga toda razón y pasas a ser un juguete de los instintos más primarios. Vives entonces como los animales, desconociendo la existencia de la muerte. Por eso es que el macho alfa se mete en aventuras suicidas por tal de deslumbrar a la princesita de turno. Afortunadamente, la testosterona tiene un límite a partir del cual empieza a retroceder dejando resquicios por donde se cuela la razón. Entonces es cuando te dices, ¡y a mí qué coño me importa si Ava se va con otro! Que dure lo que dura, dura. En el entretanto tengo la diversión asegurada. Porque con esta princesita me voy a meter en unos líos de pertenencias que me van a amargar la vida.
Pues ya está todo dicho.
lo dicho, la jodienda no tiene enmienda
ResponderEliminarA Dios Gracias, porque si la tuviese no sé qué coño íbamos a hacer aquí.
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