Ando entretenido con El Laberinto de la Fortuna. Pienso que desde que leí, hace ya mil años, la traducción al catalán que hiciera Josep Maria de Sagarra de La Divina Comedia no me he topado con algo tan bello, literariamente hablando. El ritmo de los endecasilabos, con su cisura. Me siento en un banco del Barrio Pesquero, a poniente, con las aguas de la dársena suavemente onduladas por la brisa. De vez en cuando una barca apresurada se va a, o regresa con, seguramente, maganos. O alguna lubina, quizá. Me siento, digo, y leo en alto, buscando el ritmo... que para algo soy músico.
Músico y más cosas. Porque este libro fue siempre muy criticado por los pobres que no le podían alcanzar. Lo de siempre, las desigualdades. Cuestión de bagaje: unos le llevan en la cartera y otros en la cabeza. Si no estás empapado de los clásicos, olvídate. Hay por ahí mucha literatura para chachas para entretenerte.
Comprendo que me estoy mostrando vanidoso, pero es que a veces quiero hacer pedagogía y no encuentro mejor procedimiento. Porque hay riquezas y riquezas y todas crean desigualdades. La desigualdad entre el que juega al golf en Pedreña y el que toma pinchos en La Graciosa. La que hay entre el que puede y el que no puede leer el Laberinto. ¿Cuál de las dos dirían ustedes que es mayor, o más sangrante?
En fin, a lo que iba, que ayer desinstalé Telegram de mi móvil. Ya no me interesa enterarme de nada. Ya sé de sobra que el mundo está lleno de sinvergüenzas, precisamente, porque así buscan resarcirse de sus limitaciones intelectuales. No puedo leer el Laberinto, pues me vengo montando un pandemia. Así funciona, ha funcionado y funcionará, el mundo por los siglos de los siglos.
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