Ayer fuimos a comer al Español y me zampé unas manos de cerdo que me supieron a gloria. Para mí las manos de cerdo tienen una doble atracción, una que me gustan sin más y, la segunda, que me retrotraen a Baroja que, junto con Richmal Crompton, son mis autores favoritos a años luz de los que les siguen.
Recuerdo que los curas le tenían una tirria a Baroja más allá de toda lógica. Sería simplemente una consigna que les habían pasado sus superiores porque no creo que ellos le hubieran leído. Aunque quizá alguno a escondidas... sea como sea, ya se sabe que en Baroja hay un destilado schopehaueriano y nietszcheano que es algo que la Iglesia nunca pudo tragar con toda la razón del mundo. ¡Pues anda que a ver a quién le va a gustar que le tiren piedras al tejado!
Pero, a lo que iba, a lo de las manos. Resulta que en una de las novelas de Baroja, El Mayorazgo de Labraz, hay un episodio que nunca pude leer sin desternillarme. Si hubiese conservado la novela se lo trascribiría, pero a falta de pan trataré de describírselo. Había en Labraz un monasterio y, en el monasterio, un abad. Es en la descripción que Baroja hace de este abad en donde está toda la gracia del asunto. Es imposible concebir una persona más zafia, sucia y primitiva. Cuando comía, no tardaba en aparecer una isla de grasa en su sotana. Isla que al poco era un archipiélago y que, antes de acabar la colación ya se había convertido en continente. Sus retrógradas opiniones las lanzaba desde el pulpito con su voz de trueno a la amedrentada filigresía. Pero, lo mejor es que cuando el abad era niño y le preguntaban qué quería ser de mayor siempre contestaba que cerdo. Después añadía entre grandes risotadas y con la boca llena de comida que, para comerse las manos. ¡Tanto le gustaban! Más o menos como a mí.
Bueno, lo que es hacerse viejo, porque esta anécdota barojiana la habré contado miles de veces. De hecho, me es imposible comer manos de cerdo sin contársela al que tenga de comensal. Ayer, sin ir más lejos, se la conté a María que menos mal que me oye como quien oye llover. Pero, en fin, el caso es que estaban muy buenas y, para mayor refocile, las rematé con unas peras al vino.
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