Hace un tiempo revuelto de nubes y claros, con lluvias intermitentes, rachas de viento del noroeste y temperatura agradable. Lo típico de esta época del año. Así es que aprovechando los intervalos soleados salgo a pasear y cuando veo un banco apetecible me siento y, después de echar un vistazo al panorama, enciendo el kindle y sigo con las memorias de Casanova. A veces me veo partiéndome de risa y me da vergüenza porque el caso es que siempre me han hecho mucha gracia las cosas del fornicio relatadas con un aire décontracté, o nonchalance, si mejor quieren.
Nos acaba de relatar Casanova su escape de la prisión del Plomo en Venecia. Ya, solo eso, es una novela de aventuras tan interesante o más que cuando el Conde de Montecristo escapa de la isla de If. Ahora anda por París en donde el relato de su reciente hazaña le ha proporcionado un prestigio morrocotudo y unas relaciones al más alto nivel. Por eso, ha podido vender al gobierno de la nación su idea de una lotería pública, lo que le ha proporcionado una posición económica envidiable. Y en tal tesitura, libre ya de preocupaciones, vuelve a las andadas, más que nada, supongo yo, para encontrar material para su verdadera pasión, la escritura.
El caso es que en sus andanzas por la corte se le ha adherido un abad logrero que, a su vez, le ha introducido en el salón que tiene abierto una nieta del papa, no se sabe cuál, una tal Lambertini. Casanova frecuenta el salón, sobre todo desde que una de las habituales ha traído a su nieta de diecisiete años, recién sacada del convento y de una belleza époustuflante. La Lambertini, como es natural en estos casos, tiene montada una timba de la que saca sus emolumentos. Como la nieta, no la del papa, sino la époustuflante, no juega, Casanova se dedica a entretenerla junto al fuego. Ya ha conseguido que, como el que no quiere la cosa, le haga una paja y, también, le ha metido la mano hasta la misma puerta del cielo para comprobar que aquello estaba bien sellado. Y en esas estando, le llega, recomendado por una amiga de Venecia, un joven conde que ha tenido que salir de allí por pies a causa de sus deudas de juego. Le aloja en su casa, le viste a la moda y le lleva, por supuesto, al salón de la Lambertini. Solo necesita una tarde el joven conde, Tiretta de nombre, para tener en el bote a la Lambertini, que, como es costumbre en estos casos, le invita a compartir cama. Al día siguiente, Tiretta ya es presentado a los asistentes al salón como el conde Sieteveces, lo cual, lógicamente, exige algunas explicaciones que de inmediato le proporcionan al tal Tiretta un prestigio fuera de toda consideración. De resultas de todo lo cual, Tiretta se muda a lo de la Lambertini y colabora con ella en el desplumamiento de los incautos que pasan allí sus ocios tentando a la suerte.
Fue precisamente por aquellos días cuando un trastornado apuñaló al rey Luis XV. Le hizo una herida sin importancia, pero las autoridades quisieron dar un espectáculo de alto contenido pedagógico a las masas. Para ello prepararon un cadalso en la plaza de la Greve. Los asistentes a lo de Lambertine se morían de ganas de no perderse detalle, así que Casanova echó mano de sus crecidos emolumentos y consiguió unas ventanas con vistas al cadalso. Y allí se fueron todos el día de autos a ver cómo le arrancaban miembro a miembro al desgraciado Damien ante el regocijo del respetable. La colla de la Lambertine se apelotonaba frente a las ventanas mientras Casanova y la nieta époustuflante hacían manitas en un rincón de la sala. Y así estaban, cuando Casanova se percata de que Tiretta, que estaba detrás de las señoras, había levantado las faldas de la abuela de la nieta y se la estaba metiendo por detrás como si tal cosa. A partir de ahí, el encanto, y sobre todo el genio, de las memorias estriba en los diálogos cruzados entre Casanova y Tiretta, la abuela y Casanova, Tiretta y la abuela... en fin, ustedes mismos, si quieren esquivar todo este tedio que ofrece la cotidianidad en curso no tienen más que agarrar las memorias de las que les estoy hablando y tener para un buen rato de entretenimiento garantizado... total, no son más que treinta y cinco mil páginas de kindle que, además, se las pueden bajar del Proyecto Guttemberg.