sábado, 20 de mayo de 2023

Anthropos

En el mundo que describe Heródoto había miles de naciones. Y dentro de cada pequeña nación, como pudiera ser el caso de los jonios, varios dialectos de la misma lengua. Los de una ciudad cuando se sentían apretados dentro de las murallas, echaban a suertes entre la población y a los que les tocaba se tenían que largar a fundar otra ciudad donde les pareciese bien. Tengan en cuenta que el mundo de por entonces estaba muy poco poblado. El caso es que los habitantes de la nueva ciudad al cabo de dos generaciones ya hablaban otra lengua ininteligible para los que llegaron. Porque la gente por entonces se movía, pero solo los que lo hacían por necesidad, es decir, los comerciantes. El resto permanecía en su lugar de origen sin tratar a un extranjero en toda su vida. Eso traía como consecuencia el miedo a lo diferente y la perpetuación de las propias costumbres.  

En cierta medida, por comparación con la actualidad, ese mundo en el que la costumbre era la reina del cielo lo conocí yo. Cuando era niño, en el valle en el que vivía había pasiegos, merachos, trasmeranos y un largo etc. que se sentían obligados a marcar sus diferencias a hostias en las romerías que se hacían los días que se conmemoraba al santo patrón de cada lugar. De los habitantes de otros valles, ni se tenía noticia. Y así hasta que se generalizó el uso del automóvil. 

Así es que si por algo entretiene el libro de Heródoto es porque se demora lo suyo contando las costumbres de cada lugar. Porque el resto, aunque tiene enorme valor como documento histórico, viene a ser más de lo mismo, luchas por dominar los unos a los otros con la inevitable condición tornadiza del poder. Las mil naciones del momento, creciendo las unas y de retirada las otras y, siempre, a costa o por causa, del vecino. Como nadie se arrugaba, se peleaba por un quítame allá esas pajas. Siempre había motivos, inventados las más de las veces, para apoderarse de las riquezas del vecino. Como ven nada de particular que no estemos viendo en el mundo actual. 

Pero lo de las costumbres, eso sí que es harina de otro costal. Hasta tal punto que bien se podría decir que más que historiador, Heródoto, es antropólogo. Viaja alrededor del mundo conocido en busca, sobre todo, de costumbres diversas. ¡Y menuda las que encuentra! No se las voy a contar porque me convertiría en eso que hoy día llaman spoiler. Mejor, cojan, agarren, una versión de la Historia de Heródoto -la de Cátedra está muy bien- y dispónganse a verse sorprendidos por la uniformidad y aburrimiento del mundo en el que ahora vivimos, lleno hasta más no poder de tabús de todo tipo. 

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