He decidido arrumbar el Libro del Desasosiego. En su última parte pareciera que Pessoa desbarra un poco. Demasiado aguardiente, quizá. En cualquier caso, pocos libros habré leído que me hayan aportado tanto en el esclarecimiento de mí mismo... si es que eso es algo que es posible. Claro que hay cosas que basta con la ilusión de haberte aproximado a ellas.
El caso es que estos últimos días he andado intercambiando con Santi información sobre los clásicos griegos. Es ese un mundo de inagotables sorpresas. Te das cuenta de que prácticamente todo lo que somos viene de ahí. Lo de después es un ininterrumpido repetirse. Lo que no está en las tragedias y comedias de Sófocles, Aristófanes y compañía, es, sencillamente, porque no existe. Lo mismo respecto de la historia, que, después de Heródoto y Tucídides, poco queda por contar que no sea más de lo mismo. Por no hablar del arte de pensar, eso que tan pocos alcanzan, que con Aristóteles y Platón ya quedó visto para sentencia.
Por tal es que he decidido que, buena gana de comerse el tarro con el tedio de lo eternamente nuevo, que así llamaba Pessoa al gusto por la novedad. De momento he agarrado las dos versiones que tengo de Heródoto, una de Cátedra y otra de Penguin, y voy a enfrascarme en ellas. Por otra parte, he dado mi dirección a Antígona, un foro abierto a la discusión del mundo clásico, para que me manden semanalmente los nuevos artículos que se publican. Así, siguiendo con Pessoa, - ¡por Dios, pero es que nunca me voy a poder sacar de encima a este hombre! -, cultivaré la erudición de la sensibilidad, es decir, centrarse en una parcela del conocimiento y profundizar en ella. La única manera conocida de ensanchar la sensibilidad, que es como decir, que vas a ver mucho más para cualquier sitio que mires.
¡Vamos a ello!
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