Es increíble la sensación que da esto de ser el mejor de los mundos posibles. La gente pasea por los muelles sosegada. Otros se demoran en los bancos, bajo los tamarindos florecidos, charlando o leyendo novelas. Justo a la orilla, ristras de pescadores mantienen sus cañas en una expectativa que no les suele fallar: las manchas oscuras sobre el pavimento dan buena cuenta de la razia de cefalópodos que no cesa. Por los embarcaderos, el tránsito es incesante. Unos van y otros vienen del norte al sur de la bahía, cada cual con su destino en bandolera. Un sorprendente número de ellos, con cayado y mochilón a la espalda, enfilan por la costa hacia Santiago. Otros, pastoreados por monitores, escuchan embelesados las trágicas historias de la ciudad. Explosiones e incendios siempre son buen argumento. Los niños franceses van de aquí para allá en plan Lord of the flies. Da la impresión de que no tardarán en fabricarse algún tótem para sacrificarle alguna víctima. Los ingleses, que llegaron en el ferry con sus extrañas vitolas, inspeccionan la ciudad antes de emprender su retirada hacia los mares del sur. En la terraza del bar del embarcadero no queda un taburete libre; para mí que la mayoría es gente venida de la meseta. La multietnicidad es omnipresente: caribeños, andinos, africanos, semitas, eslavos, caucasianos, nada parece faltar en esta Babel en la que todo se junta, pero nada se revuelve.
Eso era ayer, hoy es lunes. Es otra historia, pero no muy diferente. La ciudad seguirá marcada por el ocio de los que van y vienen porque esa es su principal industria. Las siderúrgicas al fondo de la bahía apenas son una anécdota entre los parques y centros comerciales. En los polígonos industriales cierran los talleres y abren las capillas pentecostalistas y los centros de fitness. El resto, concesionarias de coches.
Y yo me pregunto lo de aquella canción: ¿de dónde saca, pa tanto como destaca? No la ciudad, que da de comer y aloja a millones de visitantes, sino la sociedad en general. Hay tanto de todo que pareciera que solo hay que alargar la mano para cogerlo. El resto, es el juego a ser mayores de los niños. Unas veces se suben a los estrados unos y otras veces otros. Echan unas sonrisas, la gente les aplaude, y se van con la música a otra parte.
En fin, siempre nos quedará Mercadona, la única realidad insoslayable.
No hay comentarios:
Publicar un comentario