domingo, 14 de mayo de 2023

Heródoto

Una de las leyendas que más se repiten en la remota antigüedad es la del niño que es expuesto a las fieras del bosque para evitar que se cumpla lo predicho por una pitonisa o un interpretador de sueños. Como les decía el otro día "calamitusus est animus futuri anxius": el ser humano a la que tiene tiempo libre empieza a preocuparse por el futuro y con ello a joderse la vida. Y no hay forma de escapar a esa maldición que a la especie humana le viene aparejada con el estar dotada de conciencia de sí misma.

El niño expuesto solía ser el hijo o nieto de un rey que había consultado con los poderes ocultos sobre su porvenir y le habían dicho que ese niño le iba a dar graves problemas. ¡Pues que lo maten! Total... 

La ansiedad por el futuro y los poderes ocultos son una mezcla que, a la postre, lo que da es una próspera industria. El mundo antiguo estaba lleno de ciudades que vivían de ella, aunque, claro, lo mismo que en la actualidad Las Vegas, o Benidorm, solo hay uno, en la antigüedad la que se llevaba la palma era Delfos. Allí iba gente de miles de kilómetros a la redonda, y con los bolsillos llenos, a que le predijesen el futuro. Y mientras esperaban el veredicto de la pitonisa, como es preceptivo, a consumir en tabernas, garitos de juego, prostíbulos y demás; o sea, lo que hoy día constituye la esencia de la industria turística.

Y así era que, lo mismo que hoy día hay remedos de Las Vegas y Benidorm por todas las partes, en la antigüedad los había de Delfos. Me imagino que cuando los empresarios de cualquier ciudad que andaba alicaída se ponían a pensar siempre llegaban a la misma conclusión: poner un santuario para predecir el futuro. Una buena campaña publicitaria con algunas leyendas apañadas y ya está. Y si el lugar tenía una peña llamativa o cualquier otro elemento geológico notable, la cosa estaba chupada. 

Todo, una propaganda bien orquestada. De todos aquellos niños expuestos de que tenemos noticia siempre se llegó a cumplir el oráculo. El pastor que pasaba por allí ve al niño, lo recoge, le cría, luego, por una serie de circunstancia azarosas, el niño acaba en la corte de un rey donde se entera de su procedencia y ya todo viene rodado. La historia de Ciro de Persia o, la más a mano por manida de Edipo. No falla, porque lo que no se podía permitir de ningún modo la industria de la predicción era que un oráculo suyo no se cumpliese. 

Así ha corrido siempre el mundo, montándose historias para salir del paso. Jugando siempre, eso sí, con los poderes ocultos. La cosa de la cultura, que le dicen ahora. Montas un Centro Botín cualquiera y millones de personas vienen a regenerarse en él por medio del contacto con lo sublime: eso que llaman arte. Y de paso, esos millones, consumen en toda la infraestructura turística de alrededor que es la que alimenta a la ciudad.

¡Ay! Este Heródoto me va a matar. La delgada línea que separa la historia de la leyenda... ¡anda que no da para lucubrar hasta aburrirte! 


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